Alitas picantes

Se me había olvidado lo que era soñar. Desde hacía meses sólo saboreaba el sueño más profundo, ese en el que uno se sumerge y se olvida de todo. Me lo habían recetado en pastillas. Querían que descansara de la infinidad de noches insomnes en las que por años pasaba hurgando cada evento del día.

Anoche un movimiento y un suspiro de Aníbal me sacaron de las profundidades del sueño. Salí del vacío. Llegué a un letargo superficial en el que no anidaba desde hacía tiempo. De repente me encontré en su oficina. Era como si yo estuviera ahí. Lo vi en su escritorio tecleando el computador. Oí que lo llamaban por teléfono y le decían que las “alitas picantes” ya venían en camino. Vi cómo su cara se refrescó con una sonrisa. Confirmé en sus ojos que eran ellas las que lo hacían suspirar en medio del sueño.

Desperté con un sabor olvidado en la boca. Miré a Aníbal que todavía dormía y lo vi remozado. Abrió los ojos y como un gato se desperezó arqueando la espalda hasta el traqueteo de los huesos. Luego me miró inquisidor, parecía que nunca me hubiera visto mirarlo así.

Al atardecer, como tantas veces, nos encontramos en la cafetería de la estación. Aníbal llegó pisando suave, se sentó, cruzó las piernas y con los ojos recorrió las mesas hasta el mostrador. Aunque me sentía cansada, pues todas las horas del día había repasado la noche, estaba atenta a él, a lo que su mirada tocara. Lo vi posarse en la mesera más pequeña, la que parecía una niña adulta, de uniforme a cuadros y sin mangas. La llamó con un gesto combinado de mano y guiño. Ella vino con su libreta. Aníbal me preguntó qué quería comer y dije que nada. Él pidió el plato del día. Por dentro amasaba un pálpito que confirmaba cada vez que él desviaba la mirada al mostrador. Estaba segura de que en esa bandeja vendrían “alitas picantes”.

La chica desfiló desde la barra con una bandeja humeante. Levantando sus brazos maniobraba ágil entre los comensales. Vi el deseo de Aníbal en un suspiro que se relamió con la punta de la lengua. Ella se detuvo entre nosotros, bajó una mano y puso la servilleta, los cubiertos y la gaseosa. Acercó el plato. Cuando lo miré, descubrí que eran pechugas a la plancha. ¿¡Y las alitas picantes!? Pregunté. Ambos me miraron extrañados. Usted no pidió nada, me dijo la joven en tono altanero, pero puede estar tranquila que ya se las traigo, remató. Y salió agitando los brazos y taconeando hasta el mostrador. Aníbal preguntó que me pasaba; no supe responder, sólo dije que había dormido mal.

Las alitas llegaron volando en las manos de la mesera. Aníbal, que ya había terminado con las pechugas, se acercó oliéndolas, mirándola a ella. Le pregunté qué era lo que quería. Se ven deliciosas. Huelen rico. Coge la que más te guste, lo tenté. Mientras escogía, la miró a ella. Esperé y vi que intercambiaron algo como una mirada cómplice. Entonces dijo que él ya había comido, que tal vez era mejor que yo las disfrutara. Me levanté y aclaré que nunca las había pedido, que no podía disfrutar lo que no quería, que las alitas ni siquiera tenían carne y que las cosas picantes no me gustaban. Agarré a la muchacha del codo para devolverle el plato y sentí su articulación, miré cómo se conectaba a un contorneado antebrazo aderezado con pecas. Bajé la mirada y vi que de él salía un brazo dócil y dorado, de vellitos suaves, y después unas manos tiernas, delicadas, con dedos largos y uñas blancas. La solté asustada. Como una ráfaga volaron por mi cabeza esas ideas que hacía meses no me cruzaban. Se me incrustó un pensamiento que nunca había considerado, que los brazos de una mujer también podían seducirlo. Sabía lo que era el martilleo de esas ideas, ya había rivalizado con pechos, caderas y muslos. Lo miré aterrada. El sueño me lo había avisado, “alitas picantes” era ella.

Aníbal pagó, furioso me cogió del brazo y me sacó de la cafetería. En el metro ni siquiera me habló. Todo el recorrido se sobó las manos y con las uñas se peinó el bigote. En la casa me sirvió, como en los últimos meses, un vaso de leche. En silencio me tomé las pastillas para dormir.

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