Todoterreno
“Quiero un tipo con actitud, pero sensible, seguro de sí… Que sea muy humano, pero que se destaque entre todos. Un hombre que pueda lograr lo que se proponga. Un todoterreno.” Lo escribí con letras chiquitas, como haciendo la trampa de un examen, y lo guardé en un bolsillo de la mochila.
La esquina de la cafetería era el sitio perfecto para calificar el mercado, por eso elegí una de las sillas en las que se sientan los de último año. Estaba segura de que, por más que me arreglara, los bobos nunca me dieron más de un tres, cosa que apenas les alcanzaba para saludarme. Así son todos. Me senté mirando con desgano las filas frente al mostrador, observé a los que caminaban con las bandejas, a los de las mesas. Ya pensaba que la hipotermia era incurable, cuando lo vi. Era como si en medio de los hombrecitos de Encuentra a Wally, estuviera señalado con una flecha. Se destacaba con una camiseta sin marca y un peinado que no tenía nada que preguntarle al espejo, que sólo era asunto de ducha y viento. De inmediato enderecé la espalda y me inscribí en el grupo de excursionistas de la universidad.
Al principio un paso suyo eran dos de los míos, pero poco a poco le fui tomando el ritmo. Nos fuimos acompasando hasta que, sin darse cuenta, me convertí en la sombra que en la cima se le sentaba al lado. Era el momento en el que abría la mochila, buscaba la cámara y fotografiaba el horizonte. Los compañeros pedían retratarse como héroes coronando las montañas, pero a mí sólo me interesaba una imagen, esa en la que él era todo.
Como una alpinista me llenaba los pulmones de aire fresco, abría otro bolsillo del morral y sacaba el jugo y un sánduche. Cada bocado era una invocación para que él me viera, pero, por más que lo esperara, él no decía nada y tenía que descender con ese otro sánduche guardado en la mochila. Así pasaron las primeras excursiones hasta que me atreví a ofrecérselo… y mordió.
*****
Me recogió temprano; deseaba evitar las congestiones de fin de semana. Me dijo que era una sorpresa, que él ya había subido al cerro Tusa, pero quería escalarlo conmigo. Todo estaba mojado, había llovido la noche entera. Dejamos el carro en Venecia y tomamos el Camino del Indio. La cima, tan bella en los días de sol, estaba oculta tras una niebla densa. Seguimos adelante, dándonos ánimos, prometiéndonos que todo se despejaría más tarde cuando coronáramos el pico. Pronto el sendero de piedras se agotó. Comenzamos a trepar la montaña y el sol ni siquiera asomaba entre las nubes. Iba a llover. Él empezó a caminar más rápido que de costumbre y me dejó rezagada. Procuré apoyarme en el talud con las manos, prenderme de los arbustos o de las malezas. No quise pedirle que me esperara. Seguí ascendiendo con los ojos clavados en la tierra, incrustando los tenis, afirmando cada paso en el barro…
Y elevo la mirada para buscarlo.
Es cosa de verlo ahí, en una roca, mirándome, escudriñando mis pasos, examinándome los movimientos, para que se me aflojen los pies y me desprenda.
-¡Se cayó!- remarca, como si se hubiera cumplido un vaticinio, algo ya escrito.
Me levanto, me limpio el pantano con las manos. No le permito que me toque. Busco la mochila, recojo los sánduches y los jugos, llenos de lodo. La chaqueta, la cámara y el celular, todo se ha empantanado. Intento limpiar las cosas, pero es inútil.
Levanto la cara y lo miro, no puedo dejar de mirarlo hasta que él me señala:
-Se te cayó el papelito.
Y empieza a llover.

Como en una carta al Niño Dios, donde se pide el muñeco soñado, nos llenamos de guiones y tambien somos objeto de otros guiones y… Por Dios, que ya no llueva más y que esta navidad esté llena de globos, que se eleven hasta perderse entre las nubes.
Este cuento va por mis hijas adoptivas, así llamo a mi sobrina Ani… y a Kiwi y a Monica y a Carolina y a Ana y a Sara… A ellas que no son sobrinas pero que son un poco lo que fui y lo que todavía soy porque eso que fui sigue ahí cuando escribo. Confuso, ¿verdad?
En algún lugar se encuentra ese todo terreno, es cuestión de esperar y tomar el camino correcto. saludos
El camino correcto, esa es una clave.
Saludos y feliz navidad…
Siempre son intresantes tus propuestas. Pareces decirnos que la búsqueda debe de ser terca, como lo es la montaña. Que se fija en la testa y en el papel una propuesta y a esta hay que seguirla… un relato bello por las emociones que describes… un beso rub
Terca como una mula, dicen por aca. Escalar, subir, siempre exige saber bajar. Saber que tambien llueve algunas veces y que otras sale el sol… en fin.
Gracias Rub, un beso.
A veces nos ignoran. A veces lo preferiríamos.
Bonito relato.
Saludos.
A veces, solo a veces.
Que tengas felices fiestas.
Un abrazo.
Durante mucho tiempo hice montañismo. La montaña es una experiencia personal, intransferible. He tenido varios compañeros de cordada. El último, F. se emparejó con la que a la sazón era mi mujer. Uno no sale con el compañero si no es para llegar con el. Y desde luego si no es para regresar juntos. Salimos juntos, volvemos juntos.
Cuando escalas te enfrentas a la montaña igual que como te enfrentas a la vida. Unos vamos ligeros, con lo justo y solo después de explorar las rutas en los mapas y escrutar el cielo. Otros van pesados cargados de” por si acaso”. Otros están en la montaña como quien pasea por el centro comercial.
Cuando hacia montañismo recorría muchos kilómetros los fines de semana y muchas veces escalaba de noche. En verano iba mas lejos. A montañas mas lejanas, como las últimas, en el Karakorum (y que cuento con orgullo). Siempre pensé que no lo abandonaría nunca y que si lo hacia seria por una desgracia o un imposible.
Mi mujer no escala, así que ahora yo tampoco.
Hace tiempo regalé las cuerdas a una amiga que tiene un picadero para que pasee los caballos. Los clavos, las clavijas, los mosquetones, los tornillos de hielo, los crampones, …se los di a F. Uno de los días que vino con mi ex mujer de visita a casa. Han pasado los años y nos queremos todos muchísimo. Lucía los adora, claro. Conservo los piolets de hielo y otro de travesía. No se porqué. Ahora son más bonitos, técnicos y ligeros y el casco lo uso cuando hago cosas serias con la bici…
La última vez que vimos en casa, con amigos viejas diapositivas de escaladas en los Alpes me preguntaron si no lo echaba de menos. Dije que no. Y es la verdad. Estoy donde quiero estar. Y estoy con quien siempre quise estar. He tenido suerte. No he necesitado seguir el camino de nadie. Solo seguir el mío.
Un beso, Ana.
Qué bella exposición haces de tu propia historia. Eras alpinista!!!! subiste al Karakorum… guau, que ogullo. Admiro eso y tambien que ahora estes donde quieres estar. Creo que me emociona más lo ultimo.
Un beso, Joselu.
Anita! Sencillamente genial! Un beso! Lo comparto en Facebook!
… se me olvidaba Feliz Navidad, escritoraza!
Ay Anne, eres muy generosa. Tambien es mi deseo que tengas una muy feliz navidad… y te devuelvo el escritoraza, es tuyo, eres tú.
Llego a tu casa desde el blog de Anne. Me ha encantado. de verdad que sí. Sobre todo el final, cuando ya estaba odiando al muchacho de pelo revuelto, el papelito ha hecho que le quiera un poco más.
Resulta agradable ver de nuevo las sensaciones que todos hemos sentido, ese ”ser invisible” y de pronto volverse palpable…es sensacional. Y lo has reflejado.
Un saludo,
S
Gracias por tu visita y comentario. Me gusta que el papelito revirtiera la imagen del muchacho. En un cuento cabe la vida misma.
Gracias por llegar, leer y comentar: es una alegría que esto suceda.
Saludos.
Ana Maria, no te hagas tanto de rogar… quiero un cuento tuyo, ya! Por favor! un beso.
Ay, Anne, eres un amor… yo tambien los quiero, pero saber que otro lo quiere, me anima. Ahora, mas tarde pongo algo, una carta que hice. Tal vez ya la conoces por FB… pero igual, la pondré.
Un abrazo y un beso (gracias)