Mis queridas concuñadas, después de ver las caras de asombro al oír mi decisión de ir a la finca, y ahora que he regresado, les voy a contar como empezó y como se desenvolvieron las cosas para que se animen y no lo sigan aplazando:

A mediados de junio, cuando fui por mi segunda dosis de la vacuna, me encontré con mi prima Marcela. Esperábamos los turnos y me enseñó en el celular un proyecto de apartasuits en Cartagena. Me explicó que lo iban a construir alrededor de un lago azul con playas artificiales de cuarzo blanco.

—Una delicia invertir los ahorros en algo que uno pueda disfrutar, algo para una vejez chévere. ¿Te imaginás?  —me susurró casi en el oído—: Yoga al amanecer, junto al lago…

Y, claro, llegué toda imaginativa a mi casa, serví dos cervezas heladas y busqué el proyecto en Google para tentar a Alejandro: Mirá que delicia, los apartamentos son chiquitos, pero lujosos. Podemos pasar temporadas largas asoleándonos mientras chapuceamos en el lago.

—Ana, Eso es una piscina disfrazada de lago… —Se levantó del sofá por un paquete de maní— ¿Cuánto valdrá sostener esa belleza de cloro?

—Es para cuando seamos viejos —insistí—. Hace tiempos que no voy al mar.

—Ya estamos viejos.

—Estamos en el límite.

—Un condominio de apartasuits, lleno de turistas, debe ser un infierno.

—Acá vivimos con todos tus hermanos alrededor y hemos sobrevivido por más de treinta años.

—No tiene vista al mar —regresó al sofá.

—Eso no importa, está a cuatro minutos de la playa.

—En carro, ¿cierto?

—Sí, pero… —vi que la espuma se convertía en una línea delgada y blanca —sería como tener un aire distinto al de todos los días.

—La segunda dosis te tiene trastornada —sirvió otra cerveza.

—Es que tengo unas ganas de irme para algún lado —llené mi vaso— ¿Seran efectos de la pandemia?

—…

—…

—Vamos a la finca con Gabriel —me dijo.

—¿Al Cesar? —pregunté.

—A Simedejan —confirmó.

—¿De verdad?

—Aprovechemos que hay acuerdos de paz.

—Y ¿los nuevos reclamantes?

—Ya van más de veinte y hemos demostrado hasta la saciedad unos títulos que no solo fueron de mi…

—Vamos… —lo interrumpí— vamos antes de que me arrepienta —el copo de espuma se sostuvo en el borde—, tierra caliente y vallenatos —la condensación rodó por la mejilla del vaso.

—Listo, ya mismo pongo en el chat que nosotros acompañamos a Gabriel. Se van a sorprender.

—La vacuna me tiene… —salté como un resorte— ¡Hay juemadre! ¡No se podía tomar licor y yo me bogué la cerveza como agua!

Pero me acordé que la abuela, me refiero a nuestra suegra, claro, había hecho lo mismo cuando le pusieron la Sinovac… Ella se tomó su buen par de vinos y no le pasó nada, así que, si a los noventa y cinco no pasa nada, a los sesenta tampoco… Entonces me acosté tranquila y, al día siguiente, amanecí esperando los escalofríos, la descomposición que hizo sudar a Alejandro con la segunda dosis de la vacuna, pero no sentí nada distinto al recuerdo del chuzón en el brazo y a la conciencia de haberme embarcado en un viaje que había evitado por más de treinta años.

De todas maneras, me gustaría aclararles que antes de tener los hijos fui un día desde Santa Marta, con Alejandro y mi papá en el Suzuki. Yo estaba joven… veintiocho, creo.

—Me voy con Alejandro y Gabriel para la finca —le avisé a mi familia.

Y, claro, el dos de julio, a las doce en punto, nos pitó Gabriel. Ya habíamos almorzado y salimos juiciosos con dos maletines que empacamos por separado, porque Alejandro me dijo que, así como él no revisaba mis cosas, lo dejara a él con las suyas. Ustedes saben cómo son ellos. Lo dejé a sus aires. Le pedí consejo a Ángela que ha acompañado tantas veces a su marido y sólo me recomendó empacar unos pantalones flojos y una blusa de manga larga para montarse en el caballo. Sin embargo, me apertreché de antisolares, repelentes de insectos, desodorantes, botiquín de primeros auxilios, sombrero, ropa para todos los días y una muda extra por si acaso. Les confieso que pensé en los bloqueos de vías y en secuestros. Se oyen tantas cosas… En fin, también empacamos una neverita con fiambre, botellas de agua y jugo de naranja.

—Listos y a la hora exacta— nos felicitó cuando entramos en el jeep.

—Yo soy muy puntual —le respondí mientras me abrochaba el cinturón de seguridad y le dedicaba una sonrisa por saludo.

Gabriel traía puesto su chaleco de geólogo; ese que tiene bolsillos hasta en la espalda. También vi que atrás, en la maleta, llevaba el chapolero y la trampa. ¡Por supuesto! Ya sabemos que ellos no pueden perder la oportunidad de traer mariposas para la colección.

—Vamos por la Medellín-Bogotá… dormimos en San Alejandro, salimos madrugados a la Jagua de Ibirico y de ahí a la finca.

—¿Con o sin tapabocas? —pregunté.

—Estamos vacunados, ¿cierto?… ¡Quitémonos los verriondos tapabocas! —se lo quitó y vi en su cara ese gusto por iniciar el viaje; porque de toda la familia, como saben, él es quien le ha puesto el pecho la administración de la finca.

—Cuidado que viene la abuela con el bastón —le advierto.

—Paciencia, que la cosa es lenta.

—Paso entre paso.

Finalmente, la abuela logró llegar para dedicarme una sonrisa.

—Ana, espero que te vaya bien —después los miró—, se cuidan hijos.

Ella se apartó del jeep y Gabriel arrancó celebrando que el invierno había cedido. Tomó la transversal de la montaña y rebasó todos los carros para recuperar el minuto de espera.

Mis queridas concuñadas, no me explayaré en describirles las curvas, los pare siga, los peajes, las filas de tractomulas, los abismos, los derrumbes. No. Solo quiero detenerme en la vegetación que amenaza voraz con robarse la carretera porque, a medida que uno baja la cordillera, las hojas de los árboles se hacen más grandes, brillantes y verdes, y el pelo se sale retorcido del peinado para azotar los ojos.

Cuando íbamos por Cocorná, los hermanos recordaron cómo era ir de vacaciones a la finca. Mi suegra montaba a los seis en un tren sin puestos asignados. Cuando alguien se bajaba en algún pueblo, ella acomodaba uno y otro hasta lograr sentarlos a todos. A las dos niñas les daba hojas de papel periódico con un orificio en el centro para poder usar un sanitario del que siempre he oído que era inmundo. 

—¡El expreso del sol! —se ríen.

—A veces, el viaje duraba más de un día…

—Hasta treinta horas y el tren cabalgaba sobre polines.

—¡Corcoveaba!

—Nos quedábamos un mes en la finca cuando no había ni motobomba para sacar el agua del pozo, ni panel solar para encender una luz o un abanico.

—Tampoco había caballos…

—Mi papá tenía un tractor destartalado con el que iba hasta la Jagua a mercar —Alejandro eleva la voz sobre el ruido del motor.

—Galletas de soda con comején —se ríe Gabriel.

—Y el salchichón era verde —me pone la mano en el hombro—. ¡Verde! —remarca.

—Cuando ya estábamos más grandes íbamos ya solos… En flota.

—Yo le hice la instalación para la planta eléctrica.

—Pero eso fue cuando estábamos en la universidad.

—No íbamos a descansar —se ríe Alejandro—: ¡Qué tal! Nos tocaba tirar machete o terciarnos todo el día una fumigadora en la espalda para recorrer un potrero.

—Cuarenta grados a la sombra.

—¿Por qué no tenían caballos? —pregunté.

—Porque mi papá decía que un vehículo que pensara y tomara decisiones por sí mismo, era un peligro.

Después de Doradal paramos en una recta debajo de un árbol a estirar las piernas. Comimos papitas y tomamos jugo. Ellos desocuparon las vejigas y yo di gracias a Dios porque con el calor la mía estaba seca.

La velocidad aumentó. Las dobles calzadas, que son intermitentes, aliviaron el miedo que sentía en la boca del estómago cuando nuestro cuñado entornaba los ojos para salir del carril a rebasar los camiones. Cien, ciento diez, ciento veinte, cien. Gafas bien puestas. Las pupilas miopes en el horizonte y las manos empuñando el timón.

Un atardecer de rayas anaranjadas fue el preludio de una noche sin luna. Empecé a leer los avisos: Inicio de doble calzada, fin de la doble calzada. Lo hacía en voz alta para alertar a Gabriel, pero de un momento a otro la carretera se estrechó, el pavimento se hizo negro, sin líneas blancas o amarillas, sin puntos de referencia, hasta que las luces de una tractomula empezaron a brillar en el horizonte, y la bóveda celeste se fue convirtiendo en un abismo y las estrellas, ese par de luces siamesas empezaron a abrirse en lo que parecía la órbita errática de un bólido de fuego a punto de estrellarse contra la atmósfera. Gabriel dio un timonazo a la derecha para en seguida virar a la izquierda. Regresamos a la carretera.

Fue tan rápido, tan breve, tan pasajero, que no tuvimos tiempo de sentir miedo a la muerte. Y les confieso que me reí, no sé por qué, pero me reí celebrando que no nos volcamos, que no quedamos como cucarachas bajo las llantas de una tractomula, y aplaudí el milagro de seguir inermes por esa vía oscura.

Finalmente llegamos a un hotel de carretera. Nos bañamos. Comimos sánduches. Pusimos despertadores.

El sábado, cuando salimos al amanecer, guardé en mi boca los “cuidado, más despacio”. El clima a esa hora es fresco y uno ve los pastizales y cultivos de palma que se intercalan con setos de árboles que arropan una carretera recta de calzada simple. Llegamos a la Jagua y buscamos el hotel. En la habitación dejamos parte del equipaje y regresamos al jeep para encaminarnos a la finca.

En este punto, mis queridas concuñadas, quiero confesar que ya había estudiado la zona en los mapas de Google. Sabía muy bien que teníamos que pasar a Boquerón para encontrar la entrada, pero una cosa es ver la tierra desde un satélite y otra es verla de cerca. Por fortuna, Gabriel, que conoce de memoria todos los rincones de la finca, se detuvo frente a un portón que yo hubiera pasado de largo. Llegamos, dijo con esa sonrisa seguida del vaivén de cabeza que lo caracteriza. Je, je, je.

Se bajó a pelear con un candado reacio a ser abierto. ¿Qué hora es? ¿Diez pasadas? ¡Llegamos temprano! Todavía nos falta media hora, para entrar a la casa. Cuando al fin abrió el candado, regresó al carro, avanzó unos metros, se bajó de nuevo y volvió a cerrar la portada. A partir de ese momento empezó el rosario de portones, candados, llaves, acelerador, freno, timón acá y allá. Puso la trampa de mariposas y seguimos esquivando sarzas, socavones, caños, portillos, lodo… Yo le había sugerido a Alejandro que fuéramos en nuestro carro y entendí por qué me dijo que mejor en jeep. Gabriel engranaba la doble tracción, nos zambullía en el agua, las llantas formaban un arco de tierra anaranjada y yo me sentía en un comercial de Cherokee. Una película agreste con música de Malboro, ¿la recuerdan? Tararan…

Al final una arboleda y una casa.

—¡Llegamos a Simedejan!

—El Serengueti.

—¿Serengueti?

—Una vez, hace muchos años, habíamos ido a Santa Marta en el Suzuki y vinimos con mi papá… él la llamó El Serengueti porque las sabanas estaban secas y amarillas —abrí la puerta—. Él era muy charro, le ponía nombre a todo —salté al pasto—. Dijo que lo único que hacía falta para completar el safari eran los leones y las hienas.

—Eso fue antes de que la guerrilla sacara a mi papá de la finca —aclaró Alejandro cuando salió del carro.

—Año noventa —Gabriel abrió la puerta de atrás.

—Ochenta y nueve; en el noventa fue la invasión —le aclara Alejandro mientras saca de la nevera el fiambre y las botellas de agua.

—Recuerden que: en la chaleanada cada uno lleva mochila con insecticida y botella de agua —mi cuñado cerró la puerta—. No quiero desmayos.

Aquí me detendré a explicarles que la casa es de madera, no como esas cabañas de troncos que se ven en las películas de Alaska, no, está construida con tablones anchos, de unos cuarenta centímetros, cortados con motosierra, de lo que imagino sería un árbol gigante, tal vez Tolúa o Guayacan polvillo o Pui… árboles que cuando la finca fue invadida fueron talados para robar la madera. Ya conocen las historias porque las hemos oído por años… En fin, uno se para frente a la casa y las paredes son opacadas por el fulgor del techo. ¡Por Dios! imagínense nosotras viviendo en una lata de galletas. A pleno sol. En ese horno.

Afortunadamente la casa tiene un cuerpo abierto, pero, de todas formas: ¡Techo de zinc! En ese lugar los tres trabajadores se sientan a comer y guardan las motocicletas. Sin embargo, la cocina está adentro, en uno de los compartimentos de la caja. ¡Le provoca a uno llorar! No se entiende por qué razones no la sacan al aire libre, por qué esa mujer no dice que es mejor tener la estufa afuera, por qué esos hombres no montan sobre el zinc un entramado de hojas de palma para aislar el calor… Son tantas las cosas que uno se pregunta mientras ve que las gallinas se revuelcan en el “solar” y escarban la tierra y se la echan encima como si disfrutaran achicharrándose bajo el sol con un baño de polvo caliente. Pero, aunque uno se sorprenda, de todas maneras, hay que entender que están tan lejos, que después de que la guerrilla sacó al abuelo, la finca regresó a sus orígenes salvajes y que volver a “montar” la finca fue domar la naturaleza, tajo a tajo, para otra vez abrir potreros y tener ganado. Es por eso, creo, que nosotras tres, desde la ciudad, sin más señas que las historias referidas por ellos, los Gutiérrez y, en mi caso, el vago recuerdo del paseo con mi papá, no abarcamos en su totalidad la dimensión de lo que para ellos significa Simedejan.

—Veanlo, ahí viene el hombre de la finca.

Sí, el que venía era Raúl Pinto. La verdad es que de tanto oír hablar de él, de tanto hacer giros de plata a su nombre, ya tenía una imagen que prácticamente se correspondió al hombre que se nos plantó al frente. Alto, más alto que Gabriel y Alejandro, moreno, brillante, fuerte, macizo, sólido. Con unas facciones de las que no se podría decir que son delicadas o bruscas. Sombrero alón, botas de caucho hasta la rodilla, espuelas, pantalón gris, camisa gruesa de manga larga, chaqueta, poncho. Ojos negros, dientes blancos.

Me conmovió ver cómo se saludaron. Se notaba el aprecio, la camaradería. Risas. Allí había una relación más allá de las vacas y los pastos. Choque de puños. Eran un par de socios que, como saben, hablan por teléfono casi a diario y que se ven cinco veces al año.

En seguida llegó un viejito al que llamaron Picalúa. Un apellido que, a mi modo de ver, como todos los del Cesar, es bonito y sonoro. Lo había escuchado en la época en que el abuelo habitaba la finca. Bueno, el caso es que en la conversación salió de inmediato la visita del ejército con los de Restitución de tierras. Dijo que, aunque no estaba cuando vinieron, distinguía a dos de los reclamantes y que, en realidad ya le daba miedo quedarse a dormir en la finca.

—Usted conoció a mi papá —le dijo Gabriel—, sabe que era dueño y no le quitó la tierra a nadie. Entonces, otra vez, vamos a demostrar que es una propiedad lícita, con todos los documentos en orden… Y diga en el pueblo, que los falsos reclamantes pueden ir a la cárcel, porque eso es un delito —se sentó en un tronco—. Ya lo demostramos veintiséis veces y, con los cuatro que vinieron, vamos a ajustar treinta. ¡Este país es una piñata! 

—Yo recuerdo a su papá cuando emprestaba plata y daba leche.

—…

—Uno de los que vino… —Picalúa acaricia con las manos a un poste— uste sabe, es de esoj que mandaron en una época y ahora están, otra vej, con la paj, uste sabe.

—Mañana vamos a La ilusión y nos reunimos con Mantilla para ver los cultivos.

—Bueno patró, de toda manera se cuida porque laj mojca ejtán rondando.

Caminamos al corral para el conteo de los animales. Pinto y dos trabajadores, ya tenían reunidas las vacas escoteras con un par de toros. También estaban los terneros con las vacas recién paridas. Abrieron el portón y entramos. El piso, resbaloso, que olía a orines y boñiga, me transportó a mi niñez cuando mi papá nos llevó a Salgar, a la casa del tío Mario.

Pinto abrió otra puerta, empezaron a entrar las vacas y, entonces, resolví salirme del corral para ver el conteo desde afuera… Pues déjenme advertirles que esa maroma, que por fortuna solo fue vista por un par de bestias que pastaban cerca, fue aparatosa. Daría pena verme enredada entre esos palos tratando de escalar travesaños, levantar una pierna, y en seguida otra, sin caer al abismo, para eso se requiere de un entrenamiento de años, de huesos jóvenes, de músculos gráciles… En fin, por fortuna bajé ilesa, y desde afuera observé un rato a mi cuñado sacar una libreta de su chaleco de mil bolsillos, para anotar los números que cada animal tiene marcado en el lomo.

Junto al corral están las ruinas de la que era la casa donde vivía el abuelo. Es el lugar más fresco de toda la finca. Los árboles crecieron altos y frondosos como preservando la memoria de ese hombre que habitó tantos años una casa de la que ya no queda más que muros derruidos. Caminé alrededor intentando adivinar qué era alcoba, corredor o cocina. En la tierra, un círculo de piedra demarcaba lo que fue un pozo de agua. A pesar de que solo se conservan restos de muros cubiertos de hojarasca y musgo, bajo ese dosel espeso de árboles, se puede adivinar la austeridad con la que vivía.

Alejandro salió del corral y le pregunté por qué no reconstruían la casa.

—Es el testimonio del despojo, por eso se queda así, para que a nadie se le olvide…

Empezó a describir la distribución y Gabriel se acercó para corroborar las historias. Aquí mi papá tenía la quesera, acá guardaba la herramienta, allá era el cuarto de los trabajadores, acá un corredor, allá la cocina… y este era el cuarto donde él dormía.

—Vamos a almorzar y después le damos la vuelta a la finca.

Bajo el cielo de zinc el calor zumbaba con las moscas. Comimos unos burritos con el salteado de carne y suero costeño que Alejandro había empacado desde la casa. La mujer, que yo supuse era la esposa de Pinto, nos sirvió una limonada y de un manotazo espantó una nube de moscas que se posaba en la comida.

Aunque el calor había escalado números y mi vejiga estaba casi seca, no podía arriesgarme a que me atacaran las ganas de orinar en medio de un potrero.

—Gabriel —le dije pasito— Cuando vienes con Ángela, ¿ella usa algún baño?

—Allá —señaló un cuartico de cemento separado de la casa.

Entré en el baño con la grata sorpresa de que, si bien las paredes eran de cemento, el sanitario era de porcelana blanca y limpia.

Cuando salí pude ver los cuatro animales ensillados.

—¿Cómo se llaman? —pregunté.

—Aquí ningún animal tiene nombre —respondió Gabriel.

—Pero cuando mi papá estaba, hasta las vacas tenían nombre —me aclaró Alejandro.

—Bueno, Ana, ahora vamos a ver los potreros —se rio el cuñado—. Que no se te olvide el agua en la mochila.

—A la seño le damo la mula mansa.

—Alejandro la yegua y yo el caballo.

—¿Y Pinto? —pregunté.

—La otra mula —me respondió Gabriel—, él siempre va en la mula grande.

Ay mis queridas concuñadas, haber escalado la baranda del corral fue solo el primer paso para montar el pie izquierdo en el estribo, agarrarme de la cabeza de la silla y dibujar un arco en el aire con la pierna derecha hasta quedar, bajo la atenta sonrisa de los hombres, sentada en la silla.

No esperen que un Gutiérrez  les de la mano y mucho menos les empuje la nalga. No mijitas, prepárense a que esa prueba, como todas, la tienen que pasar solas. Ellos de antemano se solazan en sus destrezas porque están entrenados desde que nacieron, pero nosotras, con tantos años de estar imbuidas en la dinámica de la familia, o hacemos la maroma completa o nos quedamos mirándolos partir. Ese tren no espera a nadie, el que se subió se subió. Y, aunque se rieran, aunque el mismo Pinto se riera, coroné esa maldita silla y me senté en la dichosa mula sin nombre.

—Vea, Ana, pa´tras, frena. Pa´la derecha, así. Pa´la izquierda, vea, afírmese bien… — Gabriel, con el calor y la tierra se vuelve más Gabriel— y pa que camine, le da con las patas en la barriga.

—Yo voy a lante —dijo Pinto— Gabriel, que tiene el macho, va detra. La seño en seguida y de ultimo la yegua que ahora está en caloj y el macho la puede monta…

¿Ah? Todo se me complico porque en ese momento no sólo se trataba de lograr permanecer sentada en la mula, sino que tenía que ser la barrera de contención en un posible asalto sexual entre dos hermanos.

—Ya saben —me advirtió nuestro cuñado— en fila para evitar problemas.

Cuando ellos montaron sus gráciles noventa y cinco kilos, mi mula soltó un rebuzno y se sacudió recordándome que mis huesos dependían del equilibrio en esa silla.  

—¡Téngase fino, mija! —me advirtió el cuñado—. No la suelte.

A las dos de la tarde dejamos las sombras de los árboles y tomamos el camino de La tolua hacia un potrero en el que estaban los novillos y toros. Los pastizales verdes del color de las esmeraldas…

Suena bonito, ¿verdad?

Una cosa es ver la finca en fotos en el chat de la familia y otra es recorrerla a lomo de mula con ese sol, con ese hijueputa calor, con las posaderas maceradas en la silla mientras la mula se dedicaba a comer acá y allá. Un paso, una yerba, otro paso, más yerbas y así, a sus aires, haciendo lo que le daba la gana mientras yo esquivaba sarzas, intentando seguirle el paso a Gabriel y Pinto, sin soltar las riendas, aferrada a la cabeza de la silla como si la vida entera dependiera de eso.

No me pregunten por los novillos y los toros. No los vi. Lo único que veía era a los dos jinetes de adelante conversando todos animados. Chalaneaban sus pobres animales mientras la mía, en lugar de agradecer mis cincuenta y siete kilos, se dedicaba a mecatear todo el camino… Alejandro detrás. Y ese puto sol.

—No le sueltes las riendas —me decía.

—Que sienta que uste ej la que manda —reforzaba Pinto.

—Clávele los talones —me ordenaba el cuñado.

O los estribos son garetas o yo soy patas pal monte, pero, de un momento a otro, se me salieron y me aferré a la cabeza de la silla con todas mis fuerzas porque se me iban a caer los zapatos y, claro, la nena, que me miraba de reojo, se recostó a un árbol para comerse otras yerbas con florecitas amarillas y entonces aproveché a poner los pies en los estribos, pero ella cabeceó y se me salieron las riendas de los dedos.

—¿Te cabestreo?

¿Pueden creerlo? Alejandro se acercó para tomar un lazo que estaba enrollado a un lado de mi rodilla y me llevó como a una niña de la mano. Hay momentos así. Yo sé que los podemos contar con los dedos, pero uno se siente feliz… Gabriel empezó a decir que Ángela es muy buena jinete, que él recorre toda la finca con ella y los hijos, que les encanta, que no se cansan… ¡Qué mareo!

El sol aplastaba el horizonte. El calor crujía bajo los cascos de la mula. El sudor se evaporaba antes de correr por las mejillas

—¿Falta mucho?

Imaginaba la botella de agua guardada en mi espalda. Les juro que pensé en un pitillo largo, en una botella de suero, en una cánula, en un hospital.

—Apenas estamos empezando —sentenció el cuñado.

Todo me daba vueltas.

—¿Cuánto falta? —volví a preguntar.

—¿Por qué? —me preguntó Alejandro.

—Creo que me voy a maluquear.

—Toma agua… ¡Para eso es el agua! —me dijo.

—Si suelto las riendas, si suelto las manos de la silla… me caigo.

Se acercó y me ofreció su botella… ¡Se imaginan!

Logré beber un par de tragos y le confesé que no era capaz de seguir adelante.

Mis queridas concuñadas, fue un momento de esos en los que se pone a prueba el matrimonio y, por fortuna, para ambos, Alejandro le avisó a Gabriel que nos devolvíamos. Y, claro, mi mulita, que de boba no tenía nada, captó de inmediato que nos había vencido y, cuando vio la perspectiva del regreso, dejó de comer yerbas y, trotandito, me llevó a la casa.

A las tres y diez me bajé de la mula y me bogué toda el agua.

Aquí quiero enfatizarles que claudicar es una forma de vencer, porque si hubiera seguido adelante, habría muerto… y en términos de los que no cargamos con el apellido Gutiérrez eso es ganar, aunque para ellos sea perder.

—Gracias mi amor… —le sonreí.

—Sentémonos debajo del mango. —Trajo un par de sillas plásticas— acá es más fresco.

¡Qué traga! Cuando fui al lavadero por agua, ya me había gastado todos los dedos sumándole puntos a mi marido… Me lavé las manos y me chorreé agua por el cuello. Dejé que se me mojara la camisa para después sentarme a ver a un trabajador bañar la yegua.

El árbol de mangos matiza el calor y uno se queda alelado viendo las gallinas cazando bichos… un gato persiguiendo un lagarto… un perro ladrándole a un niño… niño llamando a un hombre con una motosierra…

La mujer viene acompañada de un periquito.

—¿Cómo se llama? —le pregunté.

—Terry —dijo.

El niño se sentó en un quicio y se quitó la cachucha. Era pelirrojo. El hombre de la motosierra hablaba por un celular y se rió. Tenía brakets.

Regresé al lavadero a chorrearme más agua.

A las cuatro y quince regresaron los jinetes. Volvimos al techo de zinc. Hablaron de reses y pastos. Cuando tomaron limonada, Pinto dijo que no había almorzado. ¿Cómo así? La mujer le trajo un plato de sopa y, de chanza en chanza, entendí que ella era mujer del hombre que bañó la yegua, que Pinto vivía a veces en Boquerón y a veces en la Jagua. Se rieron porque: ajá, ujte sabe…

Después, cuando salimos de la finca pregunté y Gabriel, mientras desandaba el camino del Gran Cherokee, dijo que Pinto tenía varias mujeres.

Salimos a la carretera y una nube espesa, que se desgajaba en el horizonte, nos alcanzó. Les cuento que, en el Cesar, las gotas golpean como balas. Una, otra, otra, y así, ametrallados, llegamos a la Jagua de Ibirico a guarecernos en una panadería donde todos los panes, sin importar el nombre o la forma, sabían igual. Pan dulce con esencia de mantequilla.

Cuando escampó fuimos al hotel a darnos un baño. Comimos sánduches, programamos los despertadores y a dormir. Al día siguiente desayunamos más sánduches, tomamos yogurt, recogimos todo y bajamos al carro.

—No encuentro las llaves —dijo Gabriel.

Volvimos a la habitación. Revisó ropa, nochero y baño, hasta que cacheó a fondo el chaleco de geólogo y, preciso, cuando ya estaba sudando, colorado, aparecieron las llaves.

—Primero vamos a La Jagua Market y después a la finca —meneó la cabeza—. Ana, ¿lista para ir hasta La ilusión a ver el jaguey?

—No, lamento desilusionarte —me senté atrás—, esta vez me quedo en la casa.

Por el camino hablaron de que iban a ver los cultivos de Mantilla, un arrendador que tiene un rancho y cultiva maíz y sandías. Cuando entramos, después del cuarto broche había una vaca con un ternerito que se tambaleaba.

—Se nota que nació hace poco —dijeron.

Llegamos y Alejandro le entregó a la mujer el mercado y una vajilla. Es para ustedes. Le dijo también que nos hiciera un sancocho para el almuerzo. Ella nos repartió pocillos con café caliente y ellos dijeron que eso era bueno para la sed.

—¿De verdad?

Hay cosas que a uno lo sorprenden como ver el hombre de la motosierra con esa sonrisa alambrada o esas camisas gruesas de mangas largas o ese trapo envuelto alrededor del cuello y la cara…

Fuimos otra vez al corral. Desde afuera los vi contar novillas y toretes. Gabriel hablaba con Pinto, las vacas mugían, los caballos relinchaban y una bandada de guacamayas pasó gritando por el cielo. Hice una foto.

Las bestias ensilladas esperaban, junto a la casa, a los jinetes.

—Hoy no los acompaño —reiteré.

Los tres se sonrieron, Pinto dispuso que Alejandro se montara en la mula y que la yegua se quedara en la casa.

Desde la sombra de un tamarindo los vi desaparecer entre un yerbal.

Nueve y cincuenta. Tomé mi mochila, empaqué la botella de agua y fui a dar una vuelta para hacer algunas fotos con el celular, antes de que la canícula del medio día gobernara todo.

Es triste ver cómo una finca, que fue inmensa, se partió en seis cuando mataron al papá del abuelo y, de seis pedazos, mi suegro recibió el más pequeño y, “por cosas del destino”, ya saben lo que hemos escuchado tantas veces, le tocó el terreno que no tenía carbón. Sin embargo, trabajó la tierra hasta que, despojado de todo, tuvo que regresar a Envigado, arrendarla por lo que le dieran y esperar que sus hijos o nietos recuperaran la finca.

Hice fotos pensando en el chat, pero la verdad, creo que las fotografías sólo congelan una imagen del presente sin que se puedan ver a los niños pescando en el río o a nuestra suegra regañando a Felicidad Gómez porque no pone a remojar los fríjoles y le quedan duros o el abuelo montado en el tractor rodeado de niños pidiéndole confites en Boquerón. Nada de eso está en las fotos ni en el chat ni en las cuotas mensuales que tenemos que dar para la manutención de la finca.

Caminé hasta un “tacán” que, como una pirámide de barro, se rechinaba al sol. Las termitas entraban y salían por los agujeros mientras que un lagarto, escondido en las yerbas, las atrapaba con la lengua. También fui a “la madre vieja”, un brazo estancado del río en el que la nata verde esconde pececitos que las garzas comen.

Fotografié la torre con el tanque de agua y la motobomba. Junto a ella está el pozo nuevo porque el otro, el que estaba junto a la casa del abuelo, se secó y había que sacar el agua del rio Tocuy. Tengo que decirles que esta época es buena porque estaba fluyendo. Por él corría una colada terracota, pero era agua, al fin y al cabo. Es bueno que tengan en cuenta que en verano el lecho está seco porque lo roban las fincas que cultivan arroz o palma.

También fotografié los dos marranos de Pinto que retozaban en el chiquero. El cuarto de los aperos y la herramienta… En fin, acabé sentada debajo del mango mirando los nidos de las oropéndolas que como jíqueras colgaban de un árbol enorme. Esas aves negras de cola y pico amarillo, iban y venían llevando comida a sus pichones.

La mujer vino a ofrecerme agua de panela. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Iris… Fue curioso porque el ojo izquierdo lo tenía blanco. Le di las gracias y le pregunté cuanto tiempo llevaba viviendo ahí. Un mes. Antes trabajaban en Nueva España para un señor de apellido Morón. Le pregunté si tenía hijos. Me dijo que tres y ya es abuela. No dejan de sorprenderme esas mujeres que uno supone madres de niños y resulta que no, que tienen nietos.

—¿Desde cuándo tiene a Terry?

—Tiempo y, ajá… ej mi niño —le acarició la cabeza al periquito.

—¿Por qué dejaron el trabajo en Nueva España?

—Eso era muy lejo y hacia caloj.

Me quedé callada. Le había oído comentar a Gabriel que Nueva España es la finca del vecino. Y le sonreí.

Llegaron a la una, se bajaron de las bestias sudando, colorados, riendo. Comimos y espantamos moscas.

Pinto soltó los marranos y Alejandro le preguntó cómo los criaba.

—Le doy suero y concentrao… también loj suelto pa que coman fruta, ute sabe, ellos rebujcan mango, plátano o tamarindo, lo que haya.

—Crecen rápido — continuó Alejandro—… Sesenta, ¿setenta kilos?

—Ajá —sonrió.

—¿Dónde los sacrifican? —pregunté.

—En esa mesa —señaló Gabriel—, la que está junto a la marranera.

—Hombre —siguió Alejandro—, ¿cómo los lleva?

—¿En bolsas? —seguí preguntando.

—Lo abro, lo amarro a una tabla y lo llevo hasta la Jagua… —se ríe—. Y ajá ej mi parrillero en la moto.

—¿Otra novia? —se rieron.

—Pero laj tripaj—me mira— van en bolsa.

No pregunté si la cabeza iba para atrás o para adelante. Si el sol y las moscas… Solo imaginé a Pinto con el marrano despaturrado en una tabla entrando a la Jagua en la moto.

—¿Nos vamos? —sugerí.

—El queso está listo en la neverita… pero faltan los mangos —dijo Gabriel—. Yo no me voy sin mangos.

Miré a Alejandro como preguntándole: ¿En serio? ¿Gabriel va por los mangos? Pero él se sonrió encogiéndose de hombros. Y media hora después, cuando nos despedíamos, vi que el marido de Iris bañaba la yegua.

—¿La bañan diario? —le pregunté.

—Es que ejtá preñáa —me explicó ella.

Salimos en el jeep. Gabriel recogió la trampa. Sacó la única mariposa que había que había en ella. La soltó diciendo que era común, que ya la tenía. Y empezamos a desandar el camino hacia a San Alejandro. Pensé en el asunto de la yegua, en el hombre de los brakets, en el niño pelirrojo, en Picalúa, en Iris, en Pinto… Repasé las distancias y el calor. Me pregunté por la insistencia de los reclamantes. Pensé en mis hijos. En Simedejan.

Pasamos la noche en el mismo hotel, en la misma habitación y, al día siguiente, madrugamos a retomar las doble calzadas intermitentes, los huecos, las tractomulas, los buses, los camiones.

Mis queridas concuñadas, lo que varió en ese retorno no solo fue que Alejandro se sentó adelante, Gabriel encendió el aire acondicionado y tomamos la vía que pasa por Cisneros, no, había algo distinto a que ya se me había pasado el embeleco de ese proyecto en Cartagena; otra vez había corroborado que esta familia está hecha de una madera fuerte… guayacán puy, macana, tolúa, carreto, polvillo, gusanero, almanegra, higuerón, sancoaraño, culo de fierro, cañaguate, caracolí… son tantas las palabras que compilan el universo de lo que son ellos y que, de alguna manera, nosotras hemos compartido de oídas porque, cuando se vive tantos años con alguien, se contagia la forma de procesar el mundo… Y, claro, tampoco me amañaría con un hombre que se embadurne con bronceador y se pase el día chapuceando en cloro.

PS: Mis queridas concuñadas, ayer llamó Pinto. Dijo que en el pueblo los amenazaron, que les advirtieron que tienen que desocupar la finca en tres días. Ya se hizo la denuncia ante la inspección de policía de la Jagua y, tal vez, tengamos que contratar un abogado. Otra vez, ya saben… pero, bueno, espero que las fotos les sirva para imaginar cómo era Simedejan.

Julio 16 de 2021

El mundo se convulsiona; ves las imágenes de los noticieros, escuchas discursos de odio en la radio, lees el veneno que alimenta las redes y te queda esa sensación de agotamiento, esa global y absoluta impotencia que te arrincona, una y otra vez, hasta que, como una rata, peles los dientes y trepes por el palo de la escoba.

No haces nada.

No hago nada.

Un cardumen de ideas se agolpa en mi cabeza. Sin saber cómo sacarlo, cómo desocupar la mente, busqué darle una forma que pudiera contener en las manos, reduciendo el universo a lo íntimo. Empecé a escribir con el deseo de encontrar belleza dentro de una verdad que condensara la esencia de estar vivo. Así fue cómo, en la escritura, me sentí libre, reina de un territorio de papel y palabras que yo creí gobernar. Pero después descubrí que en ella tampoco estaba exenta de censura, de mi propia censura y entonces me pregunté: ¿hasta dónde llega mi libertad?

Hace unos días hice un texto. Nació prácticamente muerto. Fue triste. Después de una cortísima gestación y una intensa escritura, en la que al final encontré esa revelación, la auténtica epifanía de los buenos relatos, me di cuenta de que era mejor enterrarlo, aunque estuviera vivo, porque a los ojos de todos hubiera sido la bestia que se atrevió a parir un ser diabólico heredero de una verdad, de esas que es mejor no saber.   

Siempre he oído que la libertad termina donde empieza la del otro. En la película “La duda” un sacerdote hace una perfecta analogía cuando describe la penitencia impuesta a una mujer que levanta falsos testimonios sobre su prójimo donde le pide subir a un tejado y allí destripar una almohada. Las plumas vuelan por todos lados. Ella regresa por el perdón y él le ordena ir por cada una de las plumas que el viento esparció. Ella dice que es imposible hacerlo porque se han regado por todas partes. Y el sacerdote la condena señalando: ¡Esos son los chismes!

Pero si no hay un falso testimonio, no hay chisme… Y si lo que se devela es un secreto, ¿se configura una simple imprudencia? Para un sacerdote esto sería violar el sacramento de la confesión… Pero si el secreto no te ha sido dado en custodia o no has prometido guardarlo, entonces, ¿no hay pecado? Son tantas las preguntas que te haces y, sin embargo, si lo cuentas sabes que hieres y aunque sepas que ese mismo hecho apuñaló un momento sublime, eso no te autoriza a publicarlo porque, si bien otros no lo supieron y, por lo tanto, no fueron heridos, con la escritura se develaría la herida ignorada que, al ser leída, se irradiará a todos.

 Sofocas el engendro.

Guardé el archivo en una carpeta en mi computador y junto al título agregué un paréntesis que, como un aviso en un frasco de veneno, advertía: impublicable, para luego quedar con una sensación de castración autoinfligida, seguida por un pequeño duelo en el que me preguntaba por la libertad, por el sutil cerco de mordazas que construimos para proteger la inocencia, para creer en las personas y seguir adelante.

Pero, a veces, llegan compensaciones y, una semana después, surgió un texto para una tarea de taller postergada por meses. No sabía cómo abordar un “cuento negro” porque mi vida estaba exenta de asuntos criminales y, en realidad, hasta ese momento, para escribir era necesario que algo se gestara anidando días en mi cabeza antes de salir en forma de relato. Nada sucedía. Lo fui aplazando, sesión tras sesión, y, mientras mis compañeros hacían sus tareas, yo criticaba sus relatos preguntándome cuándo iba a lograr escribir algo que se pudiera poner la corona de la anhelada ficción. Entonces, como una retribución divina, después de enterrar mi niño muerto, pude gestar: “Asuntos internos”. Una historia en la que una joven se siente culpable porque su hermana cayó de la terraza de un edificio… La trama es mucho más compleja, pero viéndolo en perspectiva, de alguna manera, este relato de ficción, nació para preservar el estatus quo haciéndome olvidar la existencia del mayor, mientras acariciaba la vida del menor.

Ahora, finalmente, tengo la certeza de que el único rincón verdaderamente libre es el pensamiento, sin embargo, este, aprisionado en la cavidad craneana, sin que lo queramos, siempre puja por salir en forma de palabra.

 Ana María Cadavid

Lo vi en medio de un grupo de personas que entraban al café. Reconocí su cara, la había visto en el navegador. Seguí mirándolo. Conversaba con sus amigos. Pregunté para asegurarme y me lo confirmaron. Era él, ahí, a seis metros de distancia el mismo hombre que en enero escribió una bella nota acerca de mi libro.

Me levanté de la silla, fui a saludarlo, le di la mano y en sus ojos vi que se preguntaba: ¿A qué viene esta mujer? ¿Quién es?… Y me apuré en decirle: Yo soy la de Lenguas de fuego… quería darle las gracias por su lectura y por la nota que hizo de mi libro.

En el orificio de sus pupilas vi cómo se rompía una burbuja; ese universo creado por el lector, mi lector desconocido, se acababa de transformar en un muñequero tan corriente, tan trillado, tan opaco que la emoción inicial de haberlo conocido desembocó en la desilusión que ahora me obliga a preguntarme por el triángulo que se forma entre el autor, el libro y el lector.

¿En qué consiste esa figura imperfecta que está mediada por las palabras impresas en el papel?

Y es que, en esa cita a ciegas, las páginas del libro son la frontera, el espejo en el que autor y lector se encuentran para mirarse a los ojos y estrechar las manos. Un territorio en el que ambos firman un acuerdo de mutuo conocimiento. Un matrimonio que culmina en una cópula mediada por la sábana de papel.

Los amantes no se conocen, pero, como en un Santo Sudario, pueden adivinar sus siluetas perfiladas entre las páginas del libro. Esa es la única manera en que deben amarse porque en el momento en que se rasga el papel; escritor y lector se miran a los ojos, se profana el pacto y se derrumba el universo construido por ambos.

Hoy me arrepiento de haberlo sacado de ese mundo para traerlo al mundo de un escritor que sólo debería tener vida en su palabra escrita. Afirmo esto y, sin embargo, cuando algo que leo me gusta, busco con avidez en Google al autor con deseos de saber tanto de su obra como de su vida. Nacionalidad, año de nacimiento, infancia, cónyuge, hijos, estudios, obras, premios… Voy a las charlas cuando es invitado a las ferias del libro. Pero también voy a las de otros autores aún sin haberlos leído y son más las veces que salgo decepcionada para decirme es mejor leerlo… Aunque otras veces también me digo, a este fue mejor oírlo porque cuando lo leo me desinflo.

La elocuencia, esa retórica seductora de la que hacen alarde muchos autores, no siempre se corresponde al prodigio de sus textos. Y es ahí donde se acomoda el espectáculo al que hoy, más que nunca, se rinde culto: las redes sociales. Las promesas rápidas de un mundo singular al que los espectadores, como simples voyeristas, son invitados a presenciar malabares mentales de frases tan profundas como ligeras. Unas palabras son barridas por las siguientes, cada vez más volátiles y pasajeras. No soy ajena a eso y me asqueo de mí cuando me veo pasando ratos largos sumergida en esas profundidades mientras me devoro un paquete de chucherías.

Todo a mi disposición. Oprimo “enter” y listo, preguntas resueltas sin salir del sillón.

Pero cuando escribo, cuando de verdad quiero entregarme a la escritura, apago el mundo y procuro el silencio para estar conmigo misma. Yo con mi yo de adentro, para establecer ese diálogo interno en el que se va hilvanando el lenguaje que articula un universo de palabras para el lector. Ese receptor invisible nos da la libertad de imaginarlo tan desnudo como un Adán dispuesto a perder su paraíso por la promesa de otro… ni mejor ni peor, simplemente otro.

Y así, sin vernos, nos amamos con un amor puro.

Ya me había sucedido algo similar. Y no solo coincide la circunstancia de que a ambos los llamaba “mi lector desconocido”, sucede que también los dos han sido críticos de cine… Apenas ahora caigo en la cuenta de esa conexión intrascendente y curiosa… y no buscada. A este personaje le envié un cuento que había escrito a raíz de la lectura de una de sus críticas. Había ido a una película que él recomendaba y de ahí salió un texto. Nada memorable, pero en ese momento (esto fue hace muchos años) yo creí oportuno buscar su correo y enviárselo. Un gesto amparado en el anonimato de quien lanza un avión de papel y se esconde tras un muro. Pero su respuesta fue tan amable, tan cercana, que le seguí enviando cuentos que él seguía recibiendo con la misma calidez. Yo no esperaba nada más y sólo atesoraba esa respetuosa correspondencia como el atisbo secreto de un hombre que lee detrás del cerrojo de una puerta. Pero todo se arruinó. Él vino invitado por la Fiesta del libro y no pude resistir la tentación de montarme en el Metro y pasearme por los stands de la feria. Quería mirarlo desde lejos. Estudiar sus gestos y fisonomía. Le conté a la amiga que me acompañaba ese día y ella me animó a que lo saludara. ¡No! Ni riesgos, le dije. Me dio instrucciones de cómo hacerlo… le dices esto o aquello. Me rehusé. Fui tajante, le dije que no quería que me viera, que me gustaba no ser nadie, ser simplemente la que escribía. Y entonces, antes del inicio de una de las tantas conferencias, fui al baño. Tardé unos minutos y al regreso la encontré sentada junto a él. ¡Por favor! Me senté detrás. Escuché que le decía con una vocecita fingida: Hola, yo soy Ana María Cadavid, quería conocerte… ¡Por Dios! A partir de ese momento no pude escuchar nada más porque la sangre se concentró toda en mi cara, en mi cabeza y el corazón me cacheteaba: tas, tas, tas.

Cuando ella pasó a la fila de atrás (malditas cacofonías: tas, tas, tas), él miró y lo supe: se había despedazado esa tela que yo había urdido con tanto cuidado. No tuve más remedio que, a la salida, decirle que yo era Ana María, que le pedía disculpas por la tomadura de pelo, que lo sentía mucho. Él me dijo que ella no encajaba con la Ana que se había figurado en la mente. Y nunca le volví a escribir.

Esto me sucede a mí que soy una escritora poco conocida cuyos lectores son algunos parientes y amigos contaminados con notas de pie de página, asteriscos, paréntesis, comillas y notas biográficas. Es por eso que creo que mi circunstancia es distinta a la de los escritores cuyos nombres suelen ocupar más espacio que el del título de la obra. Escritores que llenan escenarios y se les forman filas a la hora de firmar bellas dedicatorias. Supongo que, para ellos, en algún momento, llegue el hartazgo al saber que la página se ha convertido en un celofán transparente. Deben sospechar, presumo, que un lector que todo el tiempo ve a su escritor se distrae. Por eso me empeliculo y atesoro la idea de tener un lector anónimo.

El martes no opuse resistencia a la tentación de saludar a mi nuevo lector desconocido. Ahora lo lamento. Y aunque había aguantado los deseos de escribirle para darle las gracias o enviarle cuentos por correo, no pude soportar las ganas de saludarlo. Y como la mujer de Lot lo miré. Y como Eva le di la mano. Y le dije: yo soy la de Lenguas de fuego. Rompí ese estado de inocencia que hace del lector un ser puro… Y en mi impúdica desnudez supe que había invadido un terreno que me era ajeno y que, por el solo hecho de conocer su cara, esa que había visto en la pantalla de mi computador, no estaba avalada para presentarme. Porque él, que no conocía mi cara, ya me conocía por dentro y yo, que sólo conocía su cara, era menos conocedora de él y, por lo tanto, menos poseedora del derecho de violar ese pacto secreto que se formó, con su lectura, entre las sábanas blancas del libro.

Oigo un carro que se parquea y de inmediato voy a la ventana.

Una mujer de uniforme se baja y toca la puerta.

Pongo la oreja cerca al vidrio, necesito sentir el tono de la conversación.

Tenemos tanto en común; somos cuñadas, pero también vecinas y sólo unos pocos metros de jardín nos separan… Ellos se casaron en marzo y nosotros en junio, sus hijos y los nuestros crecieron juntos… En los noventas lo compartíamos todo y aunque en el dos mil se fueron para los Estados Unidos, regresaron hace unos años… pensionados y llenos de planes.

Su voz es nítida.

Ella siempre ha sonado como una campana que repica dando órdenes. Saluda a sus visitas, aconseja a las amigas, acompaña a su mamá, dirige a sus hermanos, alinea a su esposo. Todos los días apapacha por el celular a sus hijos… Sin importar dónde esté, tañe el rumbo de toda la familia.

Vuelvo a mirar el carro, leo “Cuidados paliativos” y mi corazón salta. Bajo las escalas corriendo, abro la puerta, salgo, pero en el seto me detengo.

Hace dos semanas me llamó a la finca para decirme que el oncólogo le había explicado que ya agotaron todos los recursos, que los tumores eran incontables y se habían regado por todo el cuerpo. Después me dijo: Te voy a encomendar a mis hijos y a mi mamá. Lloramos. Le prometí que bajaba de la finca para estar cerca. Colgué el teléfono y, sin importar las restricciones por la pandemia, empaqué mis cosas, me monté al carro y emprendí el regreso rumiando lo que me entregaba: una mamá, dos hijos, una nuera, un yerno y la posibilidad de unos futuros nietos.

Vuelvo a la ventana.

Alejandro y Camilo me estaban esperando. Más de dos meses sin verlos y de inmediato, después de los abrazos, recorrí con un trapo mi casa… No era sólo el polvo en las mesas, también era la necesidad de postergar el encuentro sobando en el vidrio el presagio de un vaho… Así fue como por la tarde, a las cinco, caminé con Alejandro a la reunión diaria en casa de mi suegra. Desde afuera se podía escuchar la bulla. Entramos saludando. Chila estaba en la mecedora. Mi suegra en la poltrona. Guillermo y los demás en las sillas. Nos sentamos. Los miré. Todos… todo seguía igual; la vida contenida en la trivialidad de una conversación inocente. El coronavirus, la economía, el alcalde, el cachorro nuevo de Tatiana, el tapabocas torcido de Maravilla. Era como si sólo yo notara la delgadez, la posición adolorida, el color de la piel. Nos miramos y me sonrió con un leve movimiento de cabeza. También asentí y, en seguida, apreté mis manos cerrando los ojos para abrirlos con una sonrisa.

Apoyo la frente en el vidrio… y en mi reflejo: esa maldita certeza de que cuando ella caiga rendida y me entregue la posta, ya no oiré más su voz en mi ventana.

manosA las ocho me recuesto en la cama y lo llamo. Le digo mi amor y él me responde con voz gutural. Coment allez-vous? Je suis bien, merci, et vous? Nos vamos chapuceando un ratico en francés para después relatarle los requeñeques de mi mamá y escuchar los de la suya. Me dice que el guayacán está florecido. Que ahora tenemos una nube de flores amarillas junto a la casa. Le digo qué estoy escribiendo un cuento y él me describe lo que hizo de comida. C´est magnifique, mon amour.

Otros días él se adelanta y me llama con una voz nasal. Mork, llamando a Orson, contésteme Orson. Aquí Orson. ¿En qué lugar de la tierra se encuentra en este momento? En Yerbabuena. ¿Malayerba? Es un extraterrestre. Finge ruidos en el teléfono y dice que es la estática. Pregunta por el clima. Que si hay nubes. Qué si ha llovido. Le digo que hace mucho calor. Él se queja de los zancudos. Yo le cuento que se me acabaron las pastillas para dormir y hace ruidos. Le pregunto qué sucede y me dice que mató un zancudo. ¿Encendiste la raqueta eléctrica? Duermo con ella a mi lado. Nos reímos.

Hello! Hi, how are you. Very well, thanks, and you? I´m fine… What are you doing? I´m watching tv… ¿Qué estás viendo? Un investigador finlandés. ¿Sorjonen?… Sí. Horrible. ¿Sobreactuado? Y mucha nieve. Paisaje blanco. Mucho silencio. Se agotan las series. Repasa las buenas. ¿Cuál? Criminal. No salen de una sala de interrogatorio. Todo sucede adentro… ¿Conseguiste las pastillas? Carísimas. ¿Cuánto? Cincuenta mil, diez pastillas. Te estás volviendo costosa. Cinco mil la noche. Regalada. Nos reímos.

¿Qué pasa? Nada. Son las once. Sí. ¿Qué pasa? Es que no te parece muy raro este verano en pleno invierno… y yo en esta cama estrecha, recostada a la pared, pensando que ya nada está en orden, atrapada en la finca acompañando a mamá, tú abajo velando por la tuya y esta quietud de estanque detenido en medio de la nada porque todos, te das cuenta de que somos todos, el planeta entero, quedamos encallados como náufragos aguardando una enfermedad, eludiendo un virus, escondiéndonos de la muerte con las vidas trocadas, intentando contener las malas noticias, tapándonos los oídos para filtrar lo esencial, a la espera de un milagro que no ocurre… de una nube oscura, que plagada de relámpagos, borre este cielo de tramoya para que, de una vez por todas, se descuaje la tormenta que lave los pecados, porque parece que son tantos, pero tantos, que se nos niega un perdón… ¿Te acuerdas que cuando sentía frío calentaba mis manos bajo tu espalda? ¿Te acuerdas? Ahora, cuando apago la luz en este infierno me arden las palmas y las pongo en la pared buscando un poco de paz. Y pienso en ti. En nosotros. En este irme acostumbrando a la distancia, a la absurda posibilidad de estar definitivamente separados. ¿Te das cuenta? Esto podría ser un para siempre… Y es cuando estampo mis manos en esta caverna oscura que me asusto con su calma de lápida perfecta.

Los dedos del diabloEl primer día de cuarentena lo vi. Me pareció curioso, pero seguí caminando por la manga y solo al día siguiente, cuando descubrí otro, me agaché para mirarlo en detalle. No es algo impresionante como para dar alaridos, no, lo que pasa es que en medio del verdor del prado encontrar un cuerno carnoso, anaranjado, casi rosa, con la punta negra, brillante, rematada por un diminuto orificio rojo, es raro.

Me agaché, le hice una foto y al día siguiente mientras caminaba lo encontré apachurrado. Estaba muerto, pero curiosamente cerca de su cadáver había crecido uno nuevo, y más allá otros dos.

Los siameses, así los llamé cuando les hice la foto.

A medida que avanzaba el confinamiento custodiando mi mamá, sin más compañía que las llamadas telefónicas de mi marido, los esporádicos mensajes de mis hijos y las reuniones virtuales con mis tertulias, sin poder salir más que los martes, sin ir más allá del mercado, con mi tapabocas, la pañoleta, las gafas, empecé a buscar con avidez esos cuernos.

Eran tan extraños, tan inquietantes, que me sentaba junto a ellos para observar cómo las hormigas se les subían por la piel sonrosada recorriendo la superficie cónica hasta llegar a esa cumbre brillante, oscura, para detenerse asustadas y regresar a la grama. Me dije que seguramente eran venenosos, sin embargo vi que una mosca, atraída por la cubierta viscosa, se posaba en él como libando algún néctar misterioso y después se iba como si nada. Me acerqué para olerlo. Pensé en putrefacción, en óxido, en muerte. Le hice otra foto. De inmediato se la envié a mi marido.

—¿Qué es? —le pregunté por el chat.

—Ni idea, busca en internet

Regresé a la casa y descargué la foto al computador para buscarlo en imágenes de Google. Sólo obtuve pastos verdes. Era como si el buscador hubiera censurado lo que me tenía intrigada: el cuerno rosa.

Pensaba mucho en la evolución del fenómeno.

A veces no encontraba más que los cadáveres, pero otras hallaba nuevos pitones, y con varitas de bambú los iba marcando para contabilizar en una libreta las estadísticas. Observé también que en el cielo no había nubes oscuras y me preguntaba por qué estaría sucediendo algo así en un mes que normalmente es de invierno. Raro. Tal vez la circunstancia de las escasas lluvias había propiciado la aparición de los apéndices haciendo que todo encajara de una manera estrafalaria. Apocalíptica. Y entonces seguía especulando que si la pandemia se prolongaba y el verano también, la grama, que siempre ha sido verde, se volvería rosada y entonces yo, desde la casa, vería ese paisaje psicodélico y me pararía en el corredor sin poder salir. Muerta del miedo. Me veía espantando moscas, evitando resbalar en ese infierno de cuernos abisales y me estremecía de horror.

Respiré hondo. Tenía que calmarme y no pensar cosas malas. Mente positiva. Tal vez alguien lo conocía o podía saber de algún biólogo experto para consultarle. Me animé para enviar la foto al chat de las amigas pidiéndoles que me dijeran qué era.

Y de inmediato respondieron:

—Un falo…

—Un pene…

—Una verga…

—Un pipí

—Por Dios, no estoy haciéndoles un estudio sicológico, simplemente quería salir de una duda…

Decidí dejar de lado a mis amigas, era evidente que el encierro las estaba afectando y lo mejor sería continuar con una búsqueda solitaria en la red. Escribí: “hongos raros” y me aparecieron fotos de enfermedades horribles. Cambié el término “hongos” por “setas”. Abrí las imágenes y deslizando el scroll bajé y bajé hasta encontrar uno parecido. Phallus Rubicundus.

Fui directamente a Wikipedia sin especular en la obviedad del nombre, pero al detallar la imagen noté que la parte oscura era como un sombrero apachurrado. Sin embargo seguí leyendo. Decía que en la familia de los Phallus también están los Impúdicus y los Indusiatus. Vi las fotos. Perturbada me devolví a la lectura de la taxonomía hasta que encontré que era frecuente confundirlo con el Mutinus Elegans. Le di clik y apareció un hongo que encajaba perfectamente con el mío: me sentí tan aliviada.

Estaba feliz, no sólo tenía un nombre distinguido sino que también había encontrado la solución del enigma. ¡Bravo!

“Mutinus Elegans: también conocido como stinkhorn de perro o el stinkhorn sin cabeza o la varilla de medición del diablo”. De inmediato busqué en un diccionario la palabra stink que resultó ser hedor y horn cuerno. Cuerno nauseabundo… Seguí leyendo: Elegans Mutinus cuyo género Mutinus se refiere a la deidad fálica romana Mutuno Tutuno… Obviamente busqué a Mutuno para encontrarme con que durante los ritos prematrimoniales las novias romanas debían sentarse a horcajadas sobre el falo de Mutuno preparándose para el coito… “Tutuno, sobre cuyo vergonzoso regazo se sientan las novias, para que el dios pueda probar su vergüenza antes del acto”.

Ni modo.

Volví a mi consulta del Mutinus Elegans. Explicaban que a diferencia de otros hongos este distribuye sus esporas con la gleba olorosa, espesa y oscura que atrae a las moscas para que al posarse en otros lugares propaguen la especie. Y después, cuando vi que ni siquiera era de uso culinario decidí tirar la toalla, sin poder creer que mi hallazgo hubiera derivado en algo tan vulgar, pero me detuve porque a continuación indicaban que un estudio había revelado que el Mutinus Elegans fue la única especie entre los hongos que mostró actividad antibiótica, tanto antibacteriana como antifúngica.

Me emocioné tanto que de inmediato le escribí a las sabias.

—¡Eureka!!!!

—¿Qué pasó?

—Encontré la cura del Corona.

—¿Cuál?

—El Mutinus Elegans… ¡búsquenlo en la red!!!!

Minutos más tarde escribieron.

—Fake news.

—¿Ah?

—El Corona es un virus.

—Ok

Borré todas sus fotos de mi celular… Pero esa noche sucedió algo imprevisto; recibí un mensaje personal de una de ellas.

—Adivina lo que me mandó un vecino.

—¿Qué?

—Una foto.

—¿Qué foto?

—(               )

—¡Por Dios!

 

 

 

IMG_20200517_121459En esta cuarentena destiné una esquina en la mesa del comedor de la finca para sentarme con un portátil viejo. Trece años. Escribo, leo correos y me conecto a la red. Mi mamá se sienta en la cabecera, me mira y pregunta si esa es mi oficina. Le sonrío pasándole el periódico para que lea las noticias mientras intento redactar algo. Pero el aparato es lento y se bloquea. En la primera sesión virtual se dañó el micrófono. En la siguiente me conecté con el celular. En la pantalla del portátil miraba los documentos y por el teléfono veía a mis compañeros. Hablaba y escuchaba. Las cosas funcionaban relativamente bien hasta que me vi en el recuadro. Cuello. Mentón. Fosas nasales…

—Esto no está funcionando —me levanté—. Necesito algo para elevar el ángulo de la cámara. Una cosa que me levante…

—¿Un pedestal?

Recorrí la casa mirando las repisas. Abrí los cajones y acabé parada frente a la chimenea inventariando los chécheres que mi papá coleccionaba: dos planchas de hierro, un reloj despertador, un caracol, un candelabro, una lámpara de minero, una cantimplora, un manómetro, un soplete, dos clavos de ferrocarril, una alcancía y la raíz que mi papá recogió a la orilla del rio Nare y que llamaba: Prometeo desencadenado.

Finalmente puse mis ojos en la balanza de correos.

De todos sus trebejos era mi favorito. De niña me fascinaba cuando el insecto negro iba desplegando su mecanismo con cada postal que le ponía. Una, dos, tres, cuatro… Los arcos segmentados en números se desdoblaban con el peso del papel y la curvatura de su sonrisa metálica se iba ampliando… Ocho, nueve, diez, once…. ¿Te das cuenta, Ani?: ya tienes doscientos cuarenta gramos de felicidad, decía mi papá.

—Mira —se la enseño a mamá— esto es lo que necesito —la pongo en la mesa, junto al portátil— ¿Ves?: acomodo el teléfono en la bandejita… y listo.

—¿Más reuniones?

Ahora participo de los talleres, oigo a mis amigos, a mi marido, a mis hijos.

Agito las manos cuando me despido y por un instante, es cosa de un momento, me quedo mirando en el artefacto esa sonrisa mecánica que se despliega bajo el peso de esta extraña ausencia, esa curvatura que se distiende bajo los gramos de la inesperada soledad… y apago la pantalla.

IMG_20200407_192136Es tan raro, no me acuerdo de él. Ni de su cara, ni de su nombre. Sin embargo recuerdo perfectamente cuando ella nos recogió en el hotel en Madrid. Marcela le avisó que sólo estaríamos una noche para después viajar a Marruecos y que nos veríamos al regreso, pero Amparito se ofreció para llevarnos al aeropuerto. Yo no los conocía y mi prima me contó que era una pareja de arquitectos genial, que no aparentaban los años que tenían.

—Si los vieras…

A las nueve, Amparito apareció en una van y los seis nos acomodamos con las maletas. Marcela y Leonardo adelante y nosotros atrás. Se notaba el cariño en esa amistad de diseñadores construida por años en la que ellos venían a Colombia y se hospedaban en casa de mi prima y lo mismo sucedía cuando ella y Leonardo viajaban a España… Pero el año pasado no pudieron hacerlo porque éramos muchos, porque estaban con nosotros.

—Qué pesar.

Cuando regresamos a Madrid, fuimos a la zarzuela y a la salida fuimos a un restaurante donde se habían citado. Buscamos la mesa y llegaron ellos. Chaquetas negras. Cascos negros. Mochila negra. Marcela y Leonardo se sentaron cerca y conversaron todo el rato. Los escuché. Recuerdo que él comentó del jardín, de los pájaros, de la luz del amanecer. Hablaron de la oficina de diseño y los proyectos. También recuerdo que ella tenía los ojos y la voz muy dulces. Pelo castaño a la altura del mentón, delgada, una blusa de seda vinotinto, un escote sin senos, una belleza sin ostentación.

—Te dije que son geniales.

Esa noche, lo tengo muy presente, cuando salimos del restaurante, después de despedirnos, caminé despacio para verlos ponerse las chaquetas y los cascos… y montarse en la moto. Una pareja que se va desafiando el tiempo con un rugido en medio de la noche… Hace unos días me llamó mi prima para contarme que estaban en la clínica. Ambos. Coronavirus. Después Marcela me avisó que Amparito había salido. Después que él había muerto.

—Qué tristeza, Ana…

No sé por qué, pero no recuerdo su cara y me da rabia y me duele que no me alcanzara el tiempo para fijarlo a él en mi memoria y solo logro verla a ella, a Amparito, en esa moto piloteada por su sombra.

 

Covid CavidEse martes (no sé cuál) mamá se llenó de ronchas por culpa de una inyección para la osteoporosis. Me dio rabia y te hice el reclamo: ¿Por qué me estás haciendo esto papá? Y más desespero tuve cuando me advirtieron que la reacción alérgica podía desembocar en un sangrado o en una asfixia y que, si eso sucedía, la llevara de urgencia a la clínica. Pero, ¡cuál clínica! ya estaba empezando a circular el virus y, de un día para otro, pasamos de las ronchitas a que en EL Retiro los mayores de sesenta no podían salir a la calle, entonces Alejandro no pudo venir a acompañarme y sólo le pude encargar a mi hijo Camilo que me trajera algunas cosas de la casa sin darme cuenta de que me estaba trasteando definitivamente para la finca.

Mis hermanos abajo, mi marido abajo, mi hijo abajo, todos en Envigado, Tomás en Alemania, mis amigas en Medellín y yo en la finca con mamá.

Esa tarde, mientras fingía que el sarpullido era intrascendente, daba vueltas por la manga reclamándote, ¿por qué me dejaste papá? ¿Por qué yo, siempre yo?

Tuve dudas, pero entiende que en ese momento no sabía lo que tenías pensado y solo después, cuando el presidente decretó la cuarentena general y desaparecieron las ronchas y para completar, Gloria se quedó con nosotras, se me hizo evidente que lo que querías para nosotras era el paraíso en el apocalipsis.

Ya han pasado más de seis (creo que siete) semanas y me estoy acostumbrando a esta vida. Muy temprano Mamá enciende el televisor de su cuarto y desde la que era mi cama de niña, oigo el rosario y la misa (las oraciones son muy importantes). Antes del desayuno comemos papaya (es muy buena para la digestión), después arepa con huevos revueltos y café con leche o chocolate. Yo lavo los trastos y tiendo las camas (para aliviar la conciencia). Llamo a Alejandro y él me cuenta qué va a hacer de almuerzo. También llamo a mi hermana para animarla… ¿Qué has hecho? Nada especial ¿Y los gatos? Dormidos. Mi hermano llama una o dos veces por semana. ¿Qué más? Bien. ¿Cómo han pasado? Normal. Y así… Me baño, tiendo la cama de mi mamá, le pongo el spray antiácaros (son unos bichos muy peligrosos), enciendo la lavadora, reviso los mensajes, leo, corrijo y doy una vuelta hasta que finalmente ella sale bañada y vestida, lista para que la lleve del brazo a dar una vuelta. Pero se devuelve. ¡El antisolar! ¡El sol es bueno mamá! ¡Me mancha! ¡Fija el calcio! (la criptonita). Finalmente salimos. Muy despacio. Con la velocidad de un perezoso recorremos el jardín. Repasamos cada flor y cada fruta. Intento señalarle los pájaros y ella levanta la cabeza, pero se cansa del cuello y regresamos a la casa por un yogur (Yox, rico en defensas). La acomodo en el sofá del corredor y hace el crucigrama. Me siento a su lado a leer, pero ella me ve desocupada y pregunta palabras. A veces adivino y otras consulto en Google (Anita, tu sí que sabes).

Hace unos días me vio escribiendo (desocupada) y me dijo que tenía un mantel pendiente. Que le hiciera un diseñito sencillo para bordar. Busqué una hoja de papel cuadriculado y le dibujé un trébol. Hizo tres puntadas y me lo entregó para que yo lo terminara; entonces busqué una aplicación de audiolibros que me leyera mientras bordaba. En el centro bordé uno de cuatro hojas (para invocar la buena suerte). Mamá, mira, lo bauticé el mantel Cavid… es un juego de palabras… Covid – Cadavid (no le veo el chiste). Almorzamos. Hablo de nuevo con Alejandro. Siesta, reuniones por Zoom, pedidos de domicilios. Por las tardes mi mamá oye la coronilla (un mantra católico de nombre premonitorio), después pasa a las telenovelas turcas y me explica todos los enredos posibles (traiciones, secuestros, herencias, accidentes, embarazos…) Yo pongo la mente en blanco, le sonrío y asiento. Hago cara de asombro y de reojo miro la pantalla de mi celular. Saludo a mis hijos. Le pregunto a Tomás si puede hablar. Llamo otra vez a mi hermana y por la noche, mientras veo alguna serie en Netflix Alejandro me llama: ¿Qué estás viendo? La casa de papel. Ya la vi. No me contés el final.

En realidad papá, esto es una rutina sencilla. Los martes, cuando tengo salida, me disfrazo y voy de gira por todos los mercados de la zona. Ellas encargan cosas muy específicas. Marcas, tamaños, sabores. Y aunque Gloria está muy contenta con todas las hora extras que se está ganando, yo trato de mantenerla motivada con antojitos que compro en el mercado. Chocolatinas para ella y para mí, porque yo también tengo que estar contenta… Gloria, ¿nos tomamos una cervecita? Y lavo y seco trastos. Un día (hace tiempos) hice la comida, pero no cumplí con los estándares de calidad de ellas. Me miraron con cara de pobrecita, no sirve, y entonces seguí lavando.

Pero no todo ha sido relax (no, que tal), en Semana Santa, por ejemplo, vimos todas las misas del Papa y rezamos por el mundo (Gloria, gloria, aleluya…)  Cosí seis  tapabocas con una tela de florecitas y revisé mi novela. Pero hace unos días (no sé cuántos) comencé a sentirme madre disfuncional y formé un chat familiar. Los cuatro. Alejandro, Camilo, Tomás y yo. “Los RC”. Les escribí: Hola…  Y ellos respondieron Hola… De ahí no pasamos y empecé a preguntarme si era normal que fueran tan independientes, tan autónomos, tan desprendidos y les propuse una llamada grupal… Ese día, a las tres y media la pantalla se partió en cuatro y casi me desmayo. Ahí estaba yo, con mis canas largas, entre dos Jesucristos y un Noé.

Ay papá, aquí me tienes, como una reina sin saber qué me asusta más: la pandemia que crece, la economía que se desploma o esta hibernación que me tiene adormecida.

 

Ana María Cadavid

El sol de los venadosLa hora gris, ese instante en el que el día se convierte en noche y los colores adquieren una luminiscencia extraña, siempre me ha inquietado. La oscuridad termina por devorarse la luz y detrás de la ventana el currucutú canta; no lo veo, pero presiento un aleteo y algo que se me escapa.

El muerto más cercano, el más amado, ha sido mi padre. Con él no he resuelto grandes enigmas como esa pregunta de si hay una vida después de la muerte o la existencia de un Dios esperándonos al otro lado; pero sí me quedó claro que el cuerpo, ese montón de células que se deterioran, esa máquina llena de engranajes que trabaja 24 horas, todos los días del año, en algún momento va a fallar. Es inevitable. El final, cuando no es accidental o violento, puede llegar con un trombo en el cerebro, una irregularidad eléctrica en el corazón, un tumor en el colon, un aneurisma en el estómago, siempre hay algo que desencadena el colapso y, por más que intentemos eludirlo, llega.

Ojalá la parca me coja dormida, decimos todos, pero me sucede que cuando duermo, adentro del sueño, se me empiezan a cerrar los párpados. Intento ver lo que está sucediendo, pero es inútil, no veo nada porque tengo los ojos abotonados. Trato de hablar y no emito ningún sonido. No oigo bien, sólo intuyo lo que sucede a mi alrededor y me abruma la impotencia de ir a tientas sin ningún control. Se cierran definitivamente los ojos dentro del sueño y suena el despertador. Hago el desayuno y el recuerdo de lo que estaba viviendo al otro lado se diluye en mi propio olvido.

Hace unos días dijo mi suegra con sus 93 años que de esos que encuentran muertos en la cama nadie sabe cómo fue el final porque, en realidad, nadie estuvo para atestiguarlo. Tiene razón, tal vez lo que anhelamos sea una mano que sostenga la nuestra, una mano que como la partera que ayuda al niño para que salga del vientre a la vida, nos sostenga mientras hacemos ese tránsito al vacío. ¿Quiénes deberán estar a nuestro alrededor para morir en paz? Los que han visto el famoso túnel dicen que al otro lado los estaba esperando una luz divina y los muertos más queridos. Entonces, ¿son ellos los que estiran sus manos y nos reciben cuando cruzamos el umbral?

He sido pragmática y no he visitado astrólogos, chamanes o bioenergéticos porque no veo nada científico en cuarzos ni en imanes. Me fastidia la música de la Nueva Era. No he logrado poner la mente en blanco para meditar ni me han hecho la carta astral o la terapia de las constelaciones familiares. He creído en las cosas que veo como en los bisturís haciendo incisiones en la carne, cortando y cosiendo con agujas enhebradas con hilos. He creído que las pastillas son tan químicas como las hojas, las flores y los animales porque todo lo que llamamos natural está hecho de materia y la materia está hecha de componentes químicos. La cicuta es tan natural como la estricnina, La marihuana como el acetaminofén, la valeriana como la mirtazapina… Mis amigas me miran aterradas cuando saben que desde hace más de diez años tomo una pastilla para dormir. Preguntan si no me da miedo y les respondo que prefiero ser adicta a una pastilla que al insomnio.

Una tercera parte del tiempo la pasamos dormidos y los que veneramos ese letargo nocturno sabemos que cuando se rompe la nata que separa la vigilia del sueño nos entregamos; tenemos la dicha de rendirnos para adentrarnos en nosotros mismos. Es así como durante el día soy ensayo, prueba y error, y en las noches anhelo deponer las armas para rendirme al descanso de un buen sueño. Entonces, si estamos tan cansados de esta lucha constante ¿por qué nos aferramos a la vida? ¿Qué nos mueve a prolongarla? ¿Quién decide hasta cuándo vamos a vivir?

Con mi padre yo firmaba los consentimientos y las denegaciones y, como si fuera su dueña, al final decidí que había llegado el momento de dejarlo morir en su casa, en su propia cama. No más clínicas ni antibióticos. Dejar que su cuerpo se extinguiera, dejarlo tranquilo… Pero no es fácil apagar esa maquinita que trabaja como loca en automático aunque las piezas estén gastadas. Pasé la noche acurrucada en el piso oyendo cómo roncaba y se detenía, suplicándole a Dios en silencio para que acabara de una vez por todas… pero volvía a empezar. Y recordé la primera vez que me vi enfrentada a mi propia muerte; tenía cuatro años y estaba en la piscina en un flotador. Resbalé y me sumergí en el agua. Abrí los ojos. Vi a mi papá que se lanzaba rompiendo ese delgado límite entre el agua y el aire, y me arrebató de la muerte. Tomé su mano, le dije que al otro lado estaba su mamá esperándolo y en ese momento se me vino a la mente que en esa muñeca él tuvo una manilla de esas que ponen en los hospitales donde escriben el nombre, la cédula, las alergias… pero ahí también, donde decía nombre de la madre, anotaron mi nombre: Ana María Cadavid.

Desde que murió pienso que sigue conmigo, a muchas personas les pasa con sus muertos; lo veo en todas las cosas buenas que me suceden, sobre todo en los pájaros. Cuando me pregunto por qué le asigné esa manifestación física, me respondo que es porque las aves al estar dotadas con alas que les permiten volar, están más cerca del cielo. Pero también pienso que el cielo es una creación del hombre, me explico: el hombre puso a Dios, a los santos, a los ángeles y a los muertos arriba, en el cielo, porque cuando podamos elevarnos, liberarnos de la fuerza de gravedad que nos ata a la tierra, en ese momento seremos libres, seremos Dioses; entonces el hombre construyó la fe, las religiones, para llenarse de esperanza y en ese afán humano de tocar el cielo se construyeron iglesias, torres, cúpulas y campanarios para invocarlo; se hicieron puentes divinos elevándose lo más alto posible para llegar a Él y en esa medida podría considerarse que Dios es una creación humana.

Dicen que la muerte es lo único seguro en esta vida, pero si al final no hay nada, ¿qué sentido tiene vivir? ¿El amor es lo que nos retiene en este mundo? ¿Qué hace que sigamos batallando sin rendirnos? y recuerdo que después de cerrarle los ojos a mi padre mamá rezó: dale Señor el descanso eterno, y yo contesté: brille para él la luz perpetua.

¿Es la muerte la creadora de Dios?

Me fascina anticiparme y suponer, pero me seduce más cuando las cosas se me imponen. Es así como veo llegar un hombre a un salón, lo observo, oigo su voz y me hago un croquis de él. Adoro acertar, decir que soy muy intuitiva para formarme una idea de las personas y ser capaz de predecir los eventos. Pero cuando no acierto, cuando la vida me cachetea y me sorprende, quedo abismada ante la grandeza de Dios, (en este punto no sé cómo llamarla… grandeza del Universo… grandeza del Infinito… la Eternidad… la Nada…). Por eso ahora que me acerco a la muerte me anclo a la idea de que hay algo grande y que la cachetada la voy a recibir con una sonrisa.

Hoy quiero asomarme a ese límite aunque tenga la convicción de que no se pueda soslayar la propia mortalidad y que mis párpados se acabarán cerrando bajo el peso de la duda. Pero no soporto cuando se me niega la confesión de un secreto, cuando se cierra la ventana antes de que pueda ver lo que hay adentro, cuando no entiendo la conversación en la mesa del lado. Es en estos momentos cuando pienso en hacerme la carta astral, la acupuntura, el ozono, poner la mente en blanco y levitar… Son tantas las cosas a las que me quiero asomar sin que importe que sólo sean artilugios para embolatar el hambre de inmortalidad y lo único que verdaderamente esté necesitando sea recuperar la calma de esa niña que jugaba en la piscina sostenida por un flotador.

Cae la noche y, cuando afuera el bebedero de los colibríes se transforma en alimentador de murciélagos, creo que es necesario rendirse ante el misterio de la muerte para morir en paz. Un asunto de fe, nada que se pueda comprobar.

Ana María Cadavid M.