Lo vi en medio de un grupo de personas que entraban al café. Reconocí su cara, la había visto en el navegador. Seguí mirándolo. Conversaba con sus amigos. Pregunté para asegurarme y me lo confirmaron. Era él, ahí, a seis metros de distancia el mismo hombre que en enero escribió una bella nota acerca de mi libro.

Me levanté de la silla, fui a saludarlo, le di la mano y en sus ojos vi que se preguntaba: ¿A qué viene esta mujer? ¿Quién es?… Y me apuré en decirle: Yo soy la de Lenguas de fuego… quería darle las gracias por su lectura y por la nota que hizo de mi libro.

En el orificio de sus pupilas vi cómo se rompía una burbuja; ese universo creado por el lector, mi lector desconocido, se acababa de transformar en un muñequero tan corriente, tan trillado, tan opaco que la emoción inicial de haberlo conocido desembocó en la desilusión que ahora me obliga a preguntarme por el triángulo que se forma entre el autor, el libro y el lector.

¿En qué consiste esa figura imperfecta que está mediada por las palabras impresas en el papel?

Y es que, en esa cita a ciegas, las páginas del libro son la frontera, el espejo en el que autor y lector se encuentran para mirarse a los ojos y estrechar las manos. Un territorio en el que ambos firman un acuerdo de mutuo conocimiento. Un matrimonio que culmina en una cópula mediada por la sábana de papel.

Los amantes no se conocen, pero, como en un Santo Sudario, pueden adivinar sus siluetas perfiladas entre las páginas del libro. Esa es la única manera en que deben amarse porque en el momento en que se rasga el papel; escritor y lector se miran a los ojos, se profana el pacto y se derrumba el universo construido por ambos.

Hoy me arrepiento de haberlo sacado de ese mundo para traerlo al mundo de un escritor que sólo debería tener vida en su palabra escrita. Afirmo esto y, sin embargo, cuando algo que leo me gusta, busco con avidez en Google al autor con deseos de saber tanto de su obra como de su vida. Nacionalidad, año de nacimiento, infancia, cónyuge, hijos, estudios, obras, premios… Voy a las charlas cuando es invitado a las ferias del libro. Pero también voy a las de otros autores aún sin haberlos leído y son más las veces que salgo decepcionada para decirme es mejor leerlo… Aunque otras veces también me digo, a este fue mejor oírlo porque cuando lo leo me desinflo.

La elocuencia, esa retórica seductora de la que hacen alarde muchos autores, no siempre se corresponde al prodigio de sus textos. Y es ahí donde se acomoda el espectáculo al que hoy, más que nunca, se rinde culto: las redes sociales. Las promesas rápidas de un mundo singular al que los espectadores, como simples voyeristas, son invitados a presenciar malabares mentales de frases tan profundas como ligeras. Unas palabras son barridas por las siguientes, cada vez más volátiles y pasajeras. No soy ajena a eso y me asqueo de mí cuando me veo pasando ratos largos sumergida en esas profundidades mientras me devoro un paquete de chucherías.

Todo a mi disposición. Oprimo “enter” y listo, preguntas resueltas sin salir del sillón.

Pero cuando escribo, cuando de verdad quiero entregarme a la escritura, apago el mundo y procuro el silencio para estar conmigo misma. Yo con mi yo de adentro, para establecer ese diálogo interno en el que se va hilvanando el lenguaje que articula un universo de palabras para el lector. Ese receptor invisible nos da la libertad de imaginarlo tan desnudo como un Adán dispuesto a perder su paraíso por la promesa de otro… ni mejor ni peor, simplemente otro.

Y así, sin vernos, nos amamos con un amor puro.

Ya me había sucedido algo similar. Y no solo coincide la circunstancia de que a ambos los llamaba “mi lector desconocido”, sucede que también los dos han sido críticos de cine… Apenas ahora caigo en la cuenta de esa conexión intrascendente y curiosa… y no buscada. A este personaje le envié un cuento que había escrito a raíz de la lectura de una de sus críticas. Había ido a una película que él recomendaba y de ahí salió un texto. Nada memorable, pero en ese momento (esto fue hace muchos años) yo creí oportuno buscar su correo y enviárselo. Un gesto amparado en el anonimato de quien lanza un avión de papel y se esconde tras un muro. Pero su respuesta fue tan amable, tan cercana, que le seguí enviando cuentos que él seguía recibiendo con la misma calidez. Yo no esperaba nada más y sólo atesoraba esa respetuosa correspondencia como el atisbo secreto de un hombre que lee detrás del cerrojo de una puerta. Pero todo se arruinó. Él vino invitado por la Fiesta del libro y no pude resistir la tentación de montarme en el Metro y pasearme por los stands de la feria. Quería mirarlo desde lejos. Estudiar sus gestos y fisonomía. Le conté a la amiga que me acompañaba ese día y ella me animó a que lo saludara. ¡No! Ni riesgos, le dije. Me dio instrucciones de cómo hacerlo… le dices esto o aquello. Me rehusé. Fui tajante, le dije que no quería que me viera, que me gustaba no ser nadie, ser simplemente la que escribía. Y entonces, antes del inicio de una de las tantas conferencias, fui al baño. Tardé unos minutos y al regreso la encontré sentada junto a él. ¡Por favor! Me senté detrás. Escuché que le decía con una vocecita fingida: Hola, yo soy Ana María Cadavid, quería conocerte… ¡Por Dios! A partir de ese momento no pude escuchar nada más porque la sangre se concentró toda en mi cara, en mi cabeza y el corazón me cacheteaba: tas, tas, tas.

Cuando ella pasó a la fila de atrás (malditas cacofonías: tas, tas, tas), él miró y lo supe: se había despedazado esa tela que yo había urdido con tanto cuidado. No tuve más remedio que, a la salida, decirle que yo era Ana María, que le pedía disculpas por la tomadura de pelo, que lo sentía mucho. Él me dijo que ella no encajaba con la Ana que se había figurado en la mente. Y nunca le volví a escribir.

Esto me sucede a mí que soy una escritora poco conocida cuyos lectores son algunos parientes y amigos contaminados con notas de pie de página, asteriscos, paréntesis, comillas y notas biográficas. Es por eso que creo que mi circunstancia es distinta a la de los escritores cuyos nombres suelen ocupar más espacio que el del título de la obra. Escritores que llenan escenarios y se les forman filas a la hora de firmar bellas dedicatorias. Supongo que, para ellos, en algún momento, llegue el hartazgo al saber que la página se ha convertido en un celofán transparente. Deben sospechar, presumo, que un lector que todo el tiempo ve a su escritor se distrae. Por eso me empeliculo y atesoro la idea de tener un lector anónimo.

El martes no opuse resistencia a la tentación de saludar a mi nuevo lector desconocido. Ahora lo lamento. Y aunque había aguantado los deseos de escribirle para darle las gracias o enviarle cuentos por correo, no pude soportar las ganas de saludarlo. Y como la mujer de Lot lo miré. Y como Eva le di la mano. Y le dije: yo soy la de Lenguas de fuego. Rompí ese estado de inocencia que hace del lector un ser puro… Y en mi impúdica desnudez supe que había invadido un terreno que me era ajeno y que, por el solo hecho de conocer su cara, esa que había visto en la pantalla de mi computador, no estaba avalada para presentarme. Porque él, que no conocía mi cara, ya me conocía por dentro y yo, que sólo conocía su cara, era menos conocedora de él y, por lo tanto, menos poseedora del derecho de violar ese pacto secreto que se formó, con su lectura, entre las sábanas blancas del libro.

Quimera de espanto, larva que recorre mi espina envolviendo la varilla que soporta las vértebras. Juventud de yeso. Escoliosis contenida, cirugía, clínica y esa cama de enfermo, la silla de ruedas, el confinamiento. Doce meses de letargo para regresar a la vida siendo la misma, aunque un poco más recta, un tris más cautelosa, un tanto muy alerta.

A veces rezo, le pido a Dios sabiduría para tomar buenas decisiones, también templanza y serenidad. Es que si me vieras por delante te encontrarías con un ave apacible sin sospechar que por detrás una cicatriz esconde la tiranía del acero que me sostiene como un mascarón de proa para que vislumbre las tormentas sin cerrar los ojos. Y por más que quiera, por más que lo pida, ahora es imposible volver a mi carcasa de yeso, ser de nuevo ese caracol que se arrastra, el armadillo que se enrosca, el puercoespín que se eriza, olvidar el miedo y las noticias, las redes, ignorarlos a todos arqueando mi espalda… Que mi frente toque la ingle y mis piernas se doblen abrazándome toda para hacerme fósil y volver a la tierra para que al fin ella me guarde en su tibia madriguera.

Oigo un carro que se parquea y de inmediato voy a la ventana.

Una mujer de uniforme se baja y toca la puerta.

Pongo la oreja cerca al vidrio, necesito sentir el tono de la conversación.

Tenemos tanto en común; somos cuñadas, pero también vecinas y sólo unos pocos metros de jardín nos separan… Ellos se casaron en marzo y nosotros en junio, sus hijos y los nuestros crecieron juntos… En los noventas lo compartíamos todo y aunque en el dos mil se fueron para los Estados Unidos, regresaron hace unos años… pensionados y llenos de planes.

Su voz es nítida.

Ella siempre ha sonado como una campana que repica dando órdenes. Saluda a sus visitas, aconseja a las amigas, acompaña a su mamá, dirige a sus hermanos, alinea a su esposo. Todos los días apapacha por el celular a sus hijos… Sin importar dónde esté, tañe el rumbo de toda la familia.

Vuelvo a mirar el carro, leo “Cuidados paliativos” y mi corazón salta. Bajo las escalas corriendo, abro la puerta, salgo, pero en el seto me detengo.

Hace dos semanas me llamó a la finca para decirme que el oncólogo le había explicado que ya agotaron todos los recursos, que los tumores eran incontables y se habían regado por todo el cuerpo. Después me dijo: Te voy a encomendar a mis hijos y a mi mamá. Lloramos. Le prometí que bajaba de la finca para estar cerca. Colgué el teléfono y, sin importar las restricciones por la pandemia, empaqué mis cosas, me monté al carro y emprendí el regreso rumiando lo que me entregaba: una mamá, dos hijos, una nuera, un yerno y la posibilidad de unos futuros nietos.

Vuelvo a la ventana.

Alejandro y Camilo me estaban esperando. Más de dos meses sin verlos y de inmediato, después de los abrazos, recorrí con un trapo mi casa… No era sólo el polvo en las mesas, también era la necesidad de postergar el encuentro sobando en el vidrio el presagio de un vaho… Así fue como por la tarde, a las cinco, caminé con Alejandro a la reunión diaria en casa de mi suegra. Desde afuera se podía escuchar la bulla. Entramos saludando. Chila estaba en la mecedora. Mi suegra en la poltrona. Guillermo y los demás en las sillas. Nos sentamos. Los miré. Todos… todo seguía igual; la vida contenida en la trivialidad de una conversación inocente. El coronavirus, la economía, el alcalde, el cachorro nuevo de Tatiana, el tapabocas torcido de Maravilla. Era como si sólo yo notara la delgadez, la posición adolorida, el color de la piel. Nos miramos y me sonrió con un leve movimiento de cabeza. También asentí y, en seguida, apreté mis manos cerrando los ojos para abrirlos con una sonrisa.

Apoyo la frente en el vidrio… y en mi reflejo: esa maldita certeza de que cuando ella caiga rendida y me entregue la posta, ya no oiré más su voz en mi ventana.

manosA las ocho me recuesto en la cama y lo llamo. Le digo mi amor y él me responde con voz gutural. Coment allez-vous? Je suis bien, merci, et vous? Nos vamos chapuceando un ratico en francés para después relatarle los requeñeques de mi mamá y escuchar los de la suya. Me dice que el guayacán está florecido. Que ahora tenemos una nube de flores amarillas junto a la casa. Le digo qué estoy escribiendo un cuento y él me describe lo que hizo de comida. C´est magnifique, mon amour.

Otros días él se adelanta y me llama con una voz nasal. Mork, llamando a Orson, contésteme Orson. Aquí Orson. ¿En qué lugar de la tierra se encuentra en este momento? En Yerbabuena. ¿Malayerba? Es un extraterrestre. Finge ruidos en el teléfono y dice que es la estática. Pregunta por el clima. Que si hay nubes. Qué si ha llovido. Le digo que hace mucho calor. Él se queja de los zancudos. Yo le cuento que se me acabaron las pastillas para dormir y hace ruidos. Le pregunto qué sucede y me dice que mató un zancudo. ¿Encendiste la raqueta eléctrica? Duermo con ella a mi lado. Nos reímos.

Hello! Hi, how are you. Very well, thanks, and you? I´m fine… What are you doing? I´m watching tv… ¿Qué estás viendo? Un investigador finlandés. ¿Sorjonen?… Sí. Horrible. ¿Sobreactuado? Y mucha nieve. Paisaje blanco. Mucho silencio. Se agotan las series. Repasa las buenas. ¿Cuál? Criminal. No salen de una sala de interrogatorio. Todo sucede adentro… ¿Conseguiste las pastillas? Carísimas. ¿Cuánto? Cincuenta mil, diez pastillas. Te estás volviendo costosa. Cinco mil la noche. Regalada. Nos reímos.

¿Qué pasa? Nada. Son las once. Sí. ¿Qué pasa? Es que no te parece muy raro este verano en pleno invierno… y yo en esta cama estrecha, recostada a la pared, pensando que ya nada está en orden, atrapada en la finca acompañando a mamá, tú abajo velando por la tuya y esta quietud de estanque detenido en medio de la nada porque todos, te das cuenta de que somos todos, el planeta entero, quedamos encallados como náufragos aguardando una enfermedad, eludiendo un virus, escondiéndonos de la muerte con las vidas trocadas, intentando contener las malas noticias, tapándonos los oídos para filtrar lo esencial, a la espera de un milagro que no ocurre… de una nube oscura, que plagada de relámpagos, borre este cielo de tramoya para que, de una vez por todas, se descuaje la tormenta que lave los pecados, porque parece que son tantos, pero tantos, que se nos niega un perdón… ¿Te acuerdas que cuando sentía frío calentaba mis manos bajo tu espalda? ¿Te acuerdas? Ahora, cuando apago la luz en este infierno me arden las palmas y las pongo en la pared buscando un poco de paz. Y pienso en ti. En nosotros. En este irme acostumbrando a la distancia, a la absurda posibilidad de estar definitivamente separados. ¿Te das cuenta? Esto podría ser un para siempre… Y es cuando estampo mis manos en esta caverna oscura que me asusto con su calma de lápida perfecta.

Los dedos del diabloEl primer día de cuarentena lo vi. Me pareció curioso, pero seguí caminando por la manga y solo al día siguiente, cuando descubrí otro, me agaché para mirarlo en detalle. No es algo impresionante como para dar alaridos, no, lo que pasa es que en medio del verdor del prado encontrar un cuerno carnoso, anaranjado, casi rosa, con la punta negra, brillante, rematada por un diminuto orificio rojo, es raro.

Me agaché, le hice una foto y al día siguiente mientras caminaba lo encontré apachurrado. Estaba muerto, pero curiosamente cerca de su cadáver había crecido uno nuevo, y más allá otros dos.

Los siameses, así los llamé cuando les hice la foto.

A medida que avanzaba el confinamiento custodiando mi mamá, sin más compañía que las llamadas telefónicas de mi marido, los esporádicos mensajes de mis hijos y las reuniones virtuales con mis tertulias, sin poder salir más que los martes, sin ir más allá del mercado, con mi tapabocas, la pañoleta, las gafas, empecé a buscar con avidez esos cuernos.

Eran tan extraños, tan inquietantes, que me sentaba junto a ellos para observar cómo las hormigas se les subían por la piel sonrosada recorriendo la superficie cónica hasta llegar a esa cumbre brillante, oscura, para detenerse asustadas y regresar a la grama. Me dije que seguramente eran venenosos, sin embargo vi que una mosca, atraída por la cubierta viscosa, se posaba en él como libando algún néctar misterioso y después se iba como si nada. Me acerqué para olerlo. Pensé en putrefacción, en óxido, en muerte. Le hice otra foto. De inmediato se la envié a mi marido.

—¿Qué es? —le pregunté por el chat.

—Ni idea, busca en internet

Regresé a la casa y descargué la foto al computador para buscarlo en imágenes de Google. Sólo obtuve pastos verdes. Era como si el buscador hubiera censurado lo que me tenía intrigada: el cuerno rosa.

Pensaba mucho en la evolución del fenómeno.

A veces no encontraba más que los cadáveres, pero otras hallaba nuevos pitones, y con varitas de bambú los iba marcando para contabilizar en una libreta las estadísticas. Observé también que en el cielo no había nubes oscuras y me preguntaba por qué estaría sucediendo algo así en un mes que normalmente es de invierno. Raro. Tal vez la circunstancia de las escasas lluvias había propiciado la aparición de los apéndices haciendo que todo encajara de una manera estrafalaria. Apocalíptica. Y entonces seguía especulando que si la pandemia se prolongaba y el verano también, la grama, que siempre ha sido verde, se volvería rosada y entonces yo, desde la casa, vería ese paisaje psicodélico y me pararía en el corredor sin poder salir. Muerta del miedo. Me veía espantando moscas, evitando resbalar en ese infierno de cuernos abisales y me estremecía de horror.

Respiré hondo. Tenía que calmarme y no pensar cosas malas. Mente positiva. Tal vez alguien lo conocía o podía saber de algún biólogo experto para consultarle. Me animé para enviar la foto al chat de las amigas pidiéndoles que me dijeran qué era.

Y de inmediato respondieron:

—Un falo…

—Un pene…

—Una verga…

—Un pipí

—Por Dios, no estoy haciéndoles un estudio sicológico, simplemente quería salir de una duda…

Decidí dejar de lado a mis amigas, era evidente que el encierro las estaba afectando y lo mejor sería continuar con una búsqueda solitaria en la red. Escribí: “hongos raros” y me aparecieron fotos de enfermedades horribles. Cambié el término “hongos” por “setas”. Abrí las imágenes y deslizando el scroll bajé y bajé hasta encontrar uno parecido. Phallus Rubicundus.

Fui directamente a Wikipedia sin especular en la obviedad del nombre, pero al detallar la imagen noté que la parte oscura era como un sombrero apachurrado. Sin embargo seguí leyendo. Decía que en la familia de los Phallus también están los Impúdicus y los Indusiatus. Vi las fotos. Perturbada me devolví a la lectura de la taxonomía hasta que encontré que era frecuente confundirlo con el Mutinus Elegans. Le di clik y apareció un hongo que encajaba perfectamente con el mío: me sentí tan aliviada.

Estaba feliz, no sólo tenía un nombre distinguido sino que también había encontrado la solución del enigma. ¡Bravo!

“Mutinus Elegans: también conocido como stinkhorn de perro o el stinkhorn sin cabeza o la varilla de medición del diablo”. De inmediato busqué en un diccionario la palabra stink que resultó ser hedor y horn cuerno. Cuerno nauseabundo… Seguí leyendo: Elegans Mutinus cuyo género Mutinus se refiere a la deidad fálica romana Mutuno Tutuno… Obviamente busqué a Mutuno para encontrarme con que durante los ritos prematrimoniales las novias romanas debían sentarse a horcajadas sobre el falo de Mutuno preparándose para el coito… “Tutuno, sobre cuyo vergonzoso regazo se sientan las novias, para que el dios pueda probar su vergüenza antes del acto”.

Ni modo.

Volví a mi consulta del Mutinus Elegans. Explicaban que a diferencia de otros hongos este distribuye sus esporas con la gleba olorosa, espesa y oscura que atrae a las moscas para que al posarse en otros lugares propaguen la especie. Y después, cuando vi que ni siquiera era de uso culinario decidí tirar la toalla, sin poder creer que mi hallazgo hubiera derivado en algo tan vulgar, pero me detuve porque a continuación indicaban que un estudio había revelado que el Mutinus Elegans fue la única especie entre los hongos que mostró actividad antibiótica, tanto antibacteriana como antifúngica.

Me emocioné tanto que de inmediato le escribí a las sabias.

—¡Eureka!!!!

—¿Qué pasó?

—Encontré la cura del Corona.

—¿Cuál?

—El Mutinus Elegans… ¡búsquenlo en la red!!!!

Minutos más tarde escribieron.

—Fake news.

—¿Ah?

—El Corona es un virus.

—Ok

Borré todas sus fotos de mi celular… Pero esa noche sucedió algo imprevisto; recibí un mensaje personal de una de ellas.

—Adivina lo que me mandó un vecino.

—¿Qué?

—Una foto.

—¿Qué foto?

—(               )

—¡Por Dios!

 

 

 

IMG_20200517_121459En esta cuarentena destiné una esquina en la mesa del comedor de la finca para sentarme con un portátil viejo. Trece años. Escribo, leo correos y me conecto a la red. Mi mamá se sienta en la cabecera, me mira y pregunta si esa es mi oficina. Le sonrío pasándole el periódico para que lea las noticias mientras intento redactar algo. Pero el aparato es lento y se bloquea. En la primera sesión virtual se dañó el micrófono. En la siguiente me conecté con el celular. En la pantalla del portátil miraba los documentos y por el teléfono veía a mis compañeros. Hablaba y escuchaba. Las cosas funcionaban relativamente bien hasta que me vi en el recuadro. Cuello. Mentón. Fosas nasales…

—Esto no está funcionando —me levanté—. Necesito algo para elevar el ángulo de la cámara. Una cosa que me levante…

—¿Un pedestal?

Recorrí la casa mirando las repisas. Abrí los cajones y acabé parada frente a la chimenea inventariando los chécheres que mi papá coleccionaba: dos planchas de hierro, un reloj despertador, un caracol, un candelabro, una lámpara de minero, una cantimplora, un manómetro, un soplete, dos clavos de ferrocarril, una alcancía y la raíz que mi papá recogió a la orilla del rio Nare y que llamaba: Prometeo desencadenado.

Finalmente puse mis ojos en la balanza de correos.

De todos sus trebejos era mi favorito. De niña me fascinaba cuando el insecto negro iba desplegando su mecanismo con cada postal que le ponía. Una, dos, tres, cuatro… Los arcos segmentados en números se desdoblaban con el peso del papel y la curvatura de su sonrisa metálica se iba ampliando… Ocho, nueve, diez, once…. ¿Te das cuenta, Ani?: ya tienes doscientos cuarenta gramos de felicidad, decía mi papá.

—Mira —se la enseño a mamá— esto es lo que necesito —la pongo en la mesa, junto al portátil— ¿Ves?: acomodo el teléfono en la bandejita… y listo.

—¿Más reuniones?

Ahora participo de los talleres, oigo a mis amigos, a mi marido, a mis hijos.

Agito las manos cuando me despido y por un instante, es cosa de un momento, me quedo mirando en el artefacto esa sonrisa mecánica que se despliega bajo el peso de esta extraña ausencia, esa curvatura que se distiende bajo los gramos de la inesperada soledad… y apago la pantalla.

IMG_20200407_192136Es tan raro, no me acuerdo de él. Ni de su cara, ni de su nombre. Sin embargo recuerdo perfectamente cuando ella nos recogió en el hotel en Madrid. Marcela le avisó que sólo estaríamos una noche para después viajar a Marruecos y que nos veríamos al regreso, pero Amparito se ofreció para llevarnos al aeropuerto. Yo no los conocía y mi prima me contó que era una pareja de arquitectos genial, que no aparentaban los años que tenían.

—Si los vieras…

A las nueve, Amparito apareció en una van y los seis nos acomodamos con las maletas. Marcela y Leonardo adelante y nosotros atrás. Se notaba el cariño en esa amistad de diseñadores construida por años en la que ellos venían a Colombia y se hospedaban en casa de mi prima y lo mismo sucedía cuando ella y Leonardo viajaban a España… Pero el año pasado no pudieron hacerlo porque éramos muchos, porque estaban con nosotros.

—Qué pesar.

Cuando regresamos a Madrid, fuimos a la zarzuela y a la salida fuimos a un restaurante donde se habían citado. Buscamos la mesa y llegaron ellos. Chaquetas negras. Cascos negros. Mochila negra. Marcela y Leonardo se sentaron cerca y conversaron todo el rato. Los escuché. Recuerdo que él comentó del jardín, de los pájaros, de la luz del amanecer. Hablaron de la oficina de diseño y los proyectos. También recuerdo que ella tenía los ojos y la voz muy dulces. Pelo castaño a la altura del mentón, delgada, una blusa de seda vinotinto, un escote sin senos, una belleza sin ostentación.

—Te dije que son geniales.

Esa noche, lo tengo muy presente, cuando salimos del restaurante, después de despedirnos, caminé despacio para verlos ponerse las chaquetas y los cascos… y montarse en la moto. Una pareja que se va desafiando el tiempo con un rugido en medio de la noche… Hace unos días me llamó mi prima para contarme que estaban en la clínica. Ambos. Coronavirus. Después Marcela me avisó que Amparito había salido. Después que él había muerto.

—Qué tristeza, Ana…

No sé por qué, pero no recuerdo su cara y me da rabia y me duele que no me alcanzara el tiempo para fijarlo a él en mi memoria y solo logro verla a ella, a Amparito, en esa moto piloteada por su sombra.

 

Covid CavidEse martes (no sé cuál) mamá se llenó de ronchas por culpa de una inyección para la osteoporosis. Me dio rabia y te hice el reclamo: ¿Por qué me estás haciendo esto papá? Y más desespero tuve cuando me advirtieron que la reacción alérgica podía desembocar en un sangrado o en una asfixia y que, si eso sucedía, la llevara de urgencia a la clínica. Pero, ¡cuál clínica! ya estaba empezando a circular el virus y, de un día para otro, pasamos de las ronchitas a que en EL Retiro los mayores de sesenta no podían salir a la calle, entonces Alejandro no pudo venir a acompañarme y sólo le pude encargar a mi hijo Camilo que me trajera algunas cosas de la casa sin darme cuenta de que me estaba trasteando definitivamente para la finca.

Mis hermanos abajo, mi marido abajo, mi hijo abajo, todos en Envigado, Tomás en Alemania, mis amigas en Medellín y yo en la finca con mamá.

Esa tarde, mientras fingía que el sarpullido era intrascendente, daba vueltas por la manga reclamándote, ¿por qué me dejaste papá? ¿Por qué yo, siempre yo?

Tuve dudas, pero entiende que en ese momento no sabía lo que tenías pensado y solo después, cuando el presidente decretó la cuarentena general y desaparecieron las ronchas y para completar, Gloria se quedó con nosotras, se me hizo evidente que lo que querías para nosotras era el paraíso en el apocalipsis.

Ya han pasado más de seis (creo que siete) semanas y me estoy acostumbrando a esta vida. Muy temprano Mamá enciende el televisor de su cuarto y desde la que era mi cama de niña, oigo el rosario y la misa (las oraciones son muy importantes). Antes del desayuno comemos papaya (es muy buena para la digestión), después arepa con huevos revueltos y café con leche o chocolate. Yo lavo los trastos y tiendo las camas (para aliviar la conciencia). Llamo a Alejandro y él me cuenta qué va a hacer de almuerzo. También llamo a mi hermana para animarla… ¿Qué has hecho? Nada especial ¿Y los gatos? Dormidos. Mi hermano llama una o dos veces por semana. ¿Qué más? Bien. ¿Cómo han pasado? Normal. Y así… Me baño, tiendo la cama de mi mamá, le pongo el spray antiácaros (son unos bichos muy peligrosos), enciendo la lavadora, reviso los mensajes, leo, corrijo y doy una vuelta hasta que finalmente ella sale bañada y vestida, lista para que la lleve del brazo a dar una vuelta. Pero se devuelve. ¡El antisolar! ¡El sol es bueno mamá! ¡Me mancha! ¡Fija el calcio! (la criptonita). Finalmente salimos. Muy despacio. Con la velocidad de un perezoso recorremos el jardín. Repasamos cada flor y cada fruta. Intento señalarle los pájaros y ella levanta la cabeza, pero se cansa del cuello y regresamos a la casa por un yogur (Yox, rico en defensas). La acomodo en el sofá del corredor y hace el crucigrama. Me siento a su lado a leer, pero ella me ve desocupada y pregunta palabras. A veces adivino y otras consulto en Google (Anita, tu sí que sabes).

Hace unos días me vio escribiendo (desocupada) y me dijo que tenía un mantel pendiente. Que le hiciera un diseñito sencillo para bordar. Busqué una hoja de papel cuadriculado y le dibujé un trébol. Hizo tres puntadas y me lo entregó para que yo lo terminara; entonces busqué una aplicación de audiolibros que me leyera mientras bordaba. En el centro bordé uno de cuatro hojas (para invocar la buena suerte). Mamá, mira, lo bauticé el mantel Cavid… es un juego de palabras… Covid – Cadavid (no le veo el chiste). Almorzamos. Hablo de nuevo con Alejandro. Siesta, reuniones por Zoom, pedidos de domicilios. Por las tardes mi mamá oye la coronilla (un mantra católico de nombre premonitorio), después pasa a las telenovelas turcas y me explica todos los enredos posibles (traiciones, secuestros, herencias, accidentes, embarazos…) Yo pongo la mente en blanco, le sonrío y asiento. Hago cara de asombro y de reojo miro la pantalla de mi celular. Saludo a mis hijos. Le pregunto a Tomás si puede hablar. Llamo otra vez a mi hermana y por la noche, mientras veo alguna serie en Netflix Alejandro me llama: ¿Qué estás viendo? La casa de papel. Ya la vi. No me contés el final.

En realidad papá, esto es una rutina sencilla. Los martes, cuando tengo salida, me disfrazo y voy de gira por todos los mercados de la zona. Ellas encargan cosas muy específicas. Marcas, tamaños, sabores. Y aunque Gloria está muy contenta con todas las hora extras que se está ganando, yo trato de mantenerla motivada con antojitos que compro en el mercado. Chocolatinas para ella y para mí, porque yo también tengo que estar contenta… Gloria, ¿nos tomamos una cervecita? Y lavo y seco trastos. Un día (hace tiempos) hice la comida, pero no cumplí con los estándares de calidad de ellas. Me miraron con cara de pobrecita, no sirve, y entonces seguí lavando.

Pero no todo ha sido relax (no, que tal), en Semana Santa, por ejemplo, vimos todas las misas del Papa y rezamos por el mundo (Gloria, gloria, aleluya…)  Cosí seis  tapabocas con una tela de florecitas y revisé mi novela. Pero hace unos días (no sé cuántos) comencé a sentirme madre disfuncional y formé un chat familiar. Los cuatro. Alejandro, Camilo, Tomás y yo. “Los RC”. Les escribí: Hola…  Y ellos respondieron Hola… De ahí no pasamos y empecé a preguntarme si era normal que fueran tan independientes, tan autónomos, tan desprendidos y les propuse una llamada grupal… Ese día, a las tres y media la pantalla se partió en cuatro y casi me desmayo. Ahí estaba yo, con mis canas largas, entre dos Jesucristos y un Noé.

Ay papá, aquí me tienes, como una reina sin saber qué me asusta más: la pandemia que crece, la economía que se desploma o esta hibernación que me tiene adormecida.

 

Ana María Cadavid

El sol de los venadosLa hora gris, ese instante en el que el día se convierte en noche y los colores adquieren una luminiscencia extraña, siempre me ha inquietado. La oscuridad termina por devorarse la luz y detrás de la ventana el currucutú canta; no lo veo, pero presiento un aleteo y algo que se me escapa.

El muerto más cercano, el más amado, ha sido mi padre. Con él no he resuelto grandes enigmas como esa pregunta de si hay una vida después de la muerte o la existencia de un Dios esperándonos al otro lado; pero sí me quedó claro que el cuerpo, ese montón de células que se deterioran, esa máquina llena de engranajes que trabaja 24 horas, todos los días del año, en algún momento va a fallar. Es inevitable. El final, cuando no es accidental o violento, puede llegar con un trombo en el cerebro, una irregularidad eléctrica en el corazón, un tumor en el colon, un aneurisma en el estómago, siempre hay algo que desencadena el colapso y, por más que intentemos eludirlo, llega.

Ojalá la parca me coja dormida, decimos todos, pero me sucede que cuando duermo, adentro del sueño, se me empiezan a cerrar los párpados. Intento ver lo que está sucediendo, pero es inútil, no veo nada porque tengo los ojos abotonados. Trato de hablar y no emito ningún sonido. No oigo bien, sólo intuyo lo que sucede a mi alrededor y me abruma la impotencia de ir a tientas sin ningún control. Se cierran definitivamente los ojos dentro del sueño y suena el despertador. Hago el desayuno y el recuerdo de lo que estaba viviendo al otro lado se diluye en mi propio olvido.

Hace unos días dijo mi suegra con sus 93 años que de esos que encuentran muertos en la cama nadie sabe cómo fue el final porque, en realidad, nadie estuvo para atestiguarlo. Tiene razón, tal vez lo que anhelamos sea una mano que sostenga la nuestra, una mano que como la partera que ayuda al niño para que salga del vientre a la vida, nos sostenga mientras hacemos ese tránsito al vacío. ¿Quiénes deberán estar a nuestro alrededor para morir en paz? Los que han visto el famoso túnel dicen que al otro lado los estaba esperando una luz divina y los muertos más queridos. Entonces, ¿son ellos los que estiran sus manos y nos reciben cuando cruzamos el umbral?

He sido pragmática y no he visitado astrólogos, chamanes o bioenergéticos porque no veo nada científico en cuarzos ni en imanes. Me fastidia la música de la Nueva Era. No he logrado poner la mente en blanco para meditar ni me han hecho la carta astral o la terapia de las constelaciones familiares. He creído en las cosas que veo como en los bisturís haciendo incisiones en la carne, cortando y cosiendo con agujas enhebradas con hilos. He creído que las pastillas son tan químicas como las hojas, las flores y los animales porque todo lo que llamamos natural está hecho de materia y la materia está hecha de componentes químicos. La cicuta es tan natural como la estricnina, La marihuana como el acetaminofén, la valeriana como la mirtazapina… Mis amigas me miran aterradas cuando saben que desde hace más de diez años tomo una pastilla para dormir. Preguntan si no me da miedo y les respondo que prefiero ser adicta a una pastilla que al insomnio.

Una tercera parte del tiempo la pasamos dormidos y los que veneramos ese letargo nocturno sabemos que cuando se rompe la nata que separa la vigilia del sueño nos entregamos; tenemos la dicha de rendirnos para adentrarnos en nosotros mismos. Es así como durante el día soy ensayo, prueba y error, y en las noches anhelo deponer las armas para rendirme al descanso de un buen sueño. Entonces, si estamos tan cansados de esta lucha constante ¿por qué nos aferramos a la vida? ¿Qué nos mueve a prolongarla? ¿Quién decide hasta cuándo vamos a vivir?

Con mi padre yo firmaba los consentimientos y las denegaciones y, como si fuera su dueña, al final decidí que había llegado el momento de dejarlo morir en su casa, en su propia cama. No más clínicas ni antibióticos. Dejar que su cuerpo se extinguiera, dejarlo tranquilo… Pero no es fácil apagar esa maquinita que trabaja como loca en automático aunque las piezas estén gastadas. Pasé la noche acurrucada en el piso oyendo cómo roncaba y se detenía, suplicándole a Dios en silencio para que acabara de una vez por todas… pero volvía a empezar. Y recordé la primera vez que me vi enfrentada a mi propia muerte; tenía cuatro años y estaba en la piscina en un flotador. Resbalé y me sumergí en el agua. Abrí los ojos. Vi a mi papá que se lanzaba rompiendo ese delgado límite entre el agua y el aire, y me arrebató de la muerte. Tomé su mano, le dije que al otro lado estaba su mamá esperándolo y en ese momento se me vino a la mente que en esa muñeca él tuvo una manilla de esas que ponen en los hospitales donde escriben el nombre, la cédula, las alergias… pero ahí también, donde decía nombre de la madre, anotaron mi nombre: Ana María Cadavid.

Desde que murió pienso que sigue conmigo, a muchas personas les pasa con sus muertos; lo veo en todas las cosas buenas que me suceden, sobre todo en los pájaros. Cuando me pregunto por qué le asigné esa manifestación física, me respondo que es porque las aves al estar dotadas con alas que les permiten volar, están más cerca del cielo. Pero también pienso que el cielo es una creación del hombre, me explico: el hombre puso a Dios, a los santos, a los ángeles y a los muertos arriba, en el cielo, porque cuando podamos elevarnos, liberarnos de la fuerza de gravedad que nos ata a la tierra, en ese momento seremos libres, seremos Dioses; entonces el hombre construyó la fe, las religiones, para llenarse de esperanza y en ese afán humano de tocar el cielo se construyeron iglesias, torres, cúpulas y campanarios para invocarlo; se hicieron puentes divinos elevándose lo más alto posible para llegar a Él y en esa medida podría considerarse que Dios es una creación humana.

Dicen que la muerte es lo único seguro en esta vida, pero si al final no hay nada, ¿qué sentido tiene vivir? ¿El amor es lo que nos retiene en este mundo? ¿Qué hace que sigamos batallando sin rendirnos? y recuerdo que después de cerrarle los ojos a mi padre mamá rezó: dale Señor el descanso eterno, y yo contesté: brille para él la luz perpetua.

¿Es la muerte la creadora de Dios?

Me fascina anticiparme y suponer, pero me seduce más cuando las cosas se me imponen. Es así como veo llegar un hombre a un salón, lo observo, oigo su voz y me hago un croquis de él. Adoro acertar, decir que soy muy intuitiva para formarme una idea de las personas y ser capaz de predecir los eventos. Pero cuando no acierto, cuando la vida me cachetea y me sorprende, quedo abismada ante la grandeza de Dios, (en este punto no sé cómo llamarla… grandeza del Universo… grandeza del Infinito… la Eternidad… la Nada…). Por eso ahora que me acerco a la muerte me anclo a la idea de que hay algo grande y que la cachetada la voy a recibir con una sonrisa.

Hoy quiero asomarme a ese límite aunque tenga la convicción de que no se pueda soslayar la propia mortalidad y que mis párpados se acabarán cerrando bajo el peso de la duda. Pero no soporto cuando se me niega la confesión de un secreto, cuando se cierra la ventana antes de que pueda ver lo que hay adentro, cuando no entiendo la conversación en la mesa del lado. Es en estos momentos cuando pienso en hacerme la carta astral, la acupuntura, el ozono, poner la mente en blanco y levitar… Son tantas las cosas a las que me quiero asomar sin que importe que sólo sean artilugios para embolatar el hambre de inmortalidad y lo único que verdaderamente esté necesitando sea recuperar la calma de esa niña que jugaba en la piscina sostenida por un flotador.

Cae la noche y, cuando afuera el bebedero de los colibríes se transforma en alimentador de murciélagos, creo que es necesario rendirse ante el misterio de la muerte para morir en paz. Un asunto de fe, nada que se pueda comprobar.

Ana María Cadavid M.

Grupo de Arquitectura+57 315 5434598 te añadió al grupo

Taller de diseño. Primera semana. Cuarenta dibujos exhibidos. Una cama, una mesa y una ventana. La habitación soñada.

Éramos tan jóvenes.

Fuimos compañeros y no digo que amigos, porque desde el comienzo nos dividimos en cuatro barras de diez y entre esos diez formamos equipos para diseñar torres de apartamentos, centros culturales, estaciones de metro, hospitales… También fuimos al Morro, la finca de Adriana que tenía caballos; a la de Fernando, que era enorme y se llamaba El llanito, y a la de Lucas que era diminuta y se llamaba El chaleco. Viajamos en bus a las playas de Coveñas y a Bogotá en avión a un seminario de arquitectura. Hasta Armenia fuimos en el jeep de Luis al matrimonio de Clarita y después salimos en bombas con sus primeras contracciones. Nació una niña que creció entre lápices y rapidógrafos. Una maquetica a escala 1: 50 con esos ojos negros, enormes y ese moño que ataba la fuente de pelitos que salía de su cabeza.

Y se formaron parejas, tuve mi primer novio y una traga con la que soñé pertinazmente. Aprendimos a beber y a bailar. Vallenatos y salsa. Merengues y rock. Pero sólo bailé con ellos porque, cuando salimos de la universidad, nos desperdigamos y cada uno tomó un camino diferente. El mío, el del matrimonio y mis fiestas, cumpleaños infantiles. Fue como haberme graduado y reconocer que no tenía el ritmo en el cuerpo… Y ahora que lo pienso, tampoco en la arquitectura, pero para llegar a esa conclusión me tardé cuarenta años y solo se me hizo evidente cuando en octubre recibí un mensaje en el que me hacían parte de un grupo de WhatsApp: U79.

Hola, soy Ana y estoy feliz de que se haya formado este grupo.

¿Cuál de las Anas? 

Ese chat fue como una olla crispetera donde los granos de maíz explotaban blancos, enfebrecidos con los mensajes. Plop, plop, plop. Saludos de buenos días y despedidas nocturnas. Por las mañanas miraba mi celular y encontraba cien mensajes nuevos.

En noviembre Aida ostentó una foto del matrimonio de su hija. Y otros la siguieron: Pedro con tres universitarios, Álvaro con unas mellizas que cursan maestría en Barcelona, Sergio con su hijo de rasgos orientales. París, Montreal, Málaga, Panamá, Los Ángeles, Miami… Los que vivían lejos eran los más expresivos, pero poco a poco nos unimos los locales con hijos que ya superaban la edad que tuvimos en la Facultad… y el delirio se prolongó con una avalancha de fotos viejas que contemplé minuciosamente.

Roberto propuso una fiesta y los más diligentes formaron un comité para la organización.

Fecha programada: sábado 8 de febrero.

Por favor los que viven fuera vayan comprando pasajes…

Volví a detallar las fotos. Mi delgadez, el pelo oscuro, casi negro, las cejas gruesas, la risa. Me miré en el espejo. A los más amigos los había visto en el sepelio de mi padre. Me sorprendió tanto verlos, que hicieran un alto en sus actividades para acompañarme. Abrí el cajón. Pero a los otros no los veo desde que me gradué. Saqué un cepillo. Cinco años de carrera y treinta y cinco años sin vernos. Volví a mirarme en el espejo. Fiesta de arquitectos. Me pasé el cepillo por el pelo. Un motivo para comprar la blusa de ojalillo. Me acerqué. Crema antiarrugas. Me alejé. Arquitecto es sinónimo de cool. Sinónimos de cool… fresco… interesante… atractivo… ¿chévere? Me recogí el pelo.

—¿Las canas serán chéveres?

—¿Con quién hablas?

En diciembre llegaron las imágenes de las familias reunidas alrededor del árbol de navidad. También fotos de León disfrazado de Papá Noel entregando regalos a los niños pobres, Álvaro junto a una rockola comiendo buñuelos y José con una botella de ron en la mano.

Y, de pronto, aparece el video de unas manos infantiles que aletean sobre un piano tocando una melodía navideña. Taaa rararararara ra tararara taran tan tan. Y la cámara se aleja y nos muestra a un niño hermoso con piyama blanca, pelo oscuro, ojos oscuros, boca rosada.

—Merry Chistmas amigos de la mamá… Jojojojo —su voz de niño tiene acento extranjero.

Rick les desea una feliz navidad improvisando los Carols en su piano.

La que escribía era Cristina que se había ido de Colombia después de salir de la universidad. Pero… ¿mamá? Si ya uno de nosotros dijo que iba a ser abuelo. Me quedé pensando en ese niño y cada vez que llegaban fotos de él yo calculaba la estatura, le miraba la sonrisa, los dientes, estudiaba sus gestos.

—¿No te parece hermoso? —se lo enseñé a mi hermana.

—¿Un niño?

—Sí, es de una compañera de la universidad.

—Pero ¿no está muy chiquito?

—Debe tener entre ocho y diez años.

—Raro —me miró— ya pasaron la época de los niños ¿cierto?

Días más tarde Carlos dijo que hiciéramos un dossier con nuestras mejores obras arquitectónicas para entrégaselo a la facultad, a la nueva generación de arquitectos. Roberto, Andrés y Mauro respondieron que sería como un legado para nuestros hijos.

—¿Una vitrina? ¿Las reformas? ¿Mi casa? Nada que sirva para llenar un dossier, pero igual… Voy a esa fiesta aunque sea como graduarme sin presentar la tesis —apago el celular—. Una vaga… quién lo hubiera pensado.

—¿Con quién estás hablando? —preguntó mi marido.

 

El día de la fiesta llamé temprano a Adriana. Le dije que como vivíamos cerca nos fuéramos juntas. Ella me respondió que iba a la peluquería y que cuando regresara me avisaba. Qué pidiéramos un taxi. Es lo mejor para estar tranquilas, dijo. Para disfrutar de la fiesta, respondí.

Antes de salir me esmeré con el maquillaje y el peinado. Me puse la blusa nueva. Me despedí diciendo que esa noche regresaba tarde, y entré al apartamento de ella con dos abrigos en las manos. Me aconsejó el negro. Después abrió su clóset y me enseñó sus chaquetas. Le dije que la de flores era la más bonita.

Nos paramos frente al espejo.

—Parecemos bobas.

—Nenas de primer semestre.

Adriana fue a la cocina, abrió la nevera y sacó dos botellitas verdes.

—¿Costeñita? ¿Todavía la hacen?

—¿Te acordás?

—¿Cuánto alcohol tendrá?

—Sin gafas no veo esas letricas… pero es una bebida para niños.

—Un tetero —nos reímos

—¡Salud!

—¿Viste el niño de Cristi?

—Un primor.

—Pero ¿no te parece raro?

—¿Raro?

—Me refiero a la edad.

—Tal vez lo adoptó.

—Pues sí, pero tiene rasgos de ella. Los pómulos y la sonrisa… Aunque supongo que tienes razón.

—Es un bello gesto.

—¿Cuál?

—Adoptar, siempre me emociono cuando conozco a alguien que lo hace.

—Voy a pedir el taxi.

Cuando nos avisaron que había llegado tomamos las chaquetas y bajamos.

—Nos lleva al club El Rodeo, por favor —nos acomodamos atrás.

—Cerca del aeropuerto —el chofer enciende el taxímetro— ¿verdad? —nos mira por el retrovisor.

—Y al lado del cementerio —nos reímos.

—Ojalá lleguemos temprano.

—¿Enviaste algo para el dossier?

—Nada… ¡Qué pendejadas las que se inventan los arquitectos!

—¿Viste? Los chachos son los únicos que pusieron fotos de sus obras.

—También son los más felices con esto del reencuentro.

—Los que más escriben en el chat.

En la portería del club enseñamos las cédulas. El vigilante anotó los números y le ordenó al taxi que siguiera bordeando el lago para después atravesar los jardines hasta llegar al edificio principal.

—Qué árboles tan grandes.

—Una paisajística bien lograda.

—Y los prados… —bajé la ventanilla— es un trayecto largo, muy largo.

—Ahí está el club —señaló Adriana.

—Arquitectura de finales de los cincuenta —me bajé—. Está chévere —me detuve frente a una vidriera para mirarme.

Y seguí a Adriana que caminaba decidida por los corredores de la piscina en busca del bar.

—¡Allá es!

—¡No somos las primeras!

Todo fue tan veloz. Con cada saludo un abrazo y un beso. Tomarnos de las manos y mirarnos a los ojos. Eran tantas las ganas de retener la visión de esa tarde de sol que no parábamos de libar en cada corrillo.

—¡Un brindis por el reencuentro! —Alzamos las copas— ¡Por nosotros!

A casi todos los reconocí de inmediato, pero hubo caras que tuve que buscar en mi cabeza hasta que un gesto las delatara para poderlas calcar en algún salón de la Facultad.

—¡Bienvenidos compañeros U79! —Diego hablaba por el micrófono—. Sólo faltaron los que no pudieron viajar y los que han muerto —Jorge indicó con los dedos, seis—. Hoy nos acompañan: Pedro que viajó desde Canadá. Lucía desde Los Ángeles, Elsa desde Miami y Cristi, que acaba de llegar de Inglaterra.

Me volteé para mirarla.

Estaba vestida de negro con un collar de hojas doradas. El pelo oscuro lo tenía recogido atrás. Si me la hubiera encontrado en Londres o en cualquier lugar del planeta, la habría reconocido de inmediato.

—No me quería perder esta reunión por nada del mundo —nos dijo con esa sonrisa de dientes grandes que desplegaba cuando exponía algún trabajo de diseño— no se imaginan lo emocionada que me siento de estar acá, con ustedes.

Salimos al campo de golf. ¡Fotos del grupo! Todos juntos, apeñuscados, sonreímos a la cámara y, antes de separarnos, Mauro, como quien se quita una escafandra, soltó:

—¡Estoy feliz de haber decidido venir!

—¿Cómo así? —pregunté.

—¿Es que pensaste en no venir? —preguntó Alina.

—Estaba cagado del susto —enrojeció

—¿Por qué? —nos miramos todas.

—No sé, pero estaba súper ansioso.

—Yo también —dijo León— anoche no dormí nada.

—¿En serio? —otra vez el coro de mujeres preguntaba sorprendido.

—Yo dudé mucho en participar del chat… —dijo Sergio— y después en venir.

—A mí me pasó lo mismo.

—Mi mujer fue la que me convenció.

Adriana y yo nos miramos.

—Nosotras sólo estábamos preocupadas por cómo vestirnos —dijo ella.

—¡Y las arrugas! —dije yo.

—Por qué creen que ando con estas gafas oscuras —dice Laurita señalando su cara.

—¡Sin gafas! —se las quitó León— las fotos sin ojos son anónimas.

—Maduros por fuera y jugosos por dentro.

—¿Maduros? Qué pereza.

—Propongo un brindis: ¡Por la inmadurez!

—¡Por la inmadurez!

Rotamos de grupito en grupito, de charla en charla. Lucas se divorció y tiene una mujer muy joven, nos enseñó la foto. Es una gatica hermosa, dijo. Jorge habló del cáncer de su esposa. Diego nos enseñó a su hijo. Lo veo poco porque vive con la mamá… que es una fiera, aclaró. Roberto intervino comentando que cuando su empresa quebró tuvo que irse de la ciudad a buscar otros horizontes. Mis hijos dependían de lo que yo consiguiera, explicó. Entonces Raúl empezó a hablar de la crisis del 2008 cuando no se vendía nada y se quedó con un edificio de apartamentos lujosos sin vender para después tomar un contrato de vivienda mínima. ¡Qué años tan duros! Yo me he quebrado tres veces, comentó Mauricio. La crisis del 99 fue la peor, agregó Pedro… Y siguieron hablando de los totazos, de las veces que renegaron de la profesión.

—Tan frágil.

—Lo primero que se descarta cuando hay crisis, es al arquitecto.

—¿Mas vino?

—No hermano, yo tomo aguardiente.

—Entonces que sea aguardiente.

—¿Se acuerdan de las fiestas?

—Cuando me gradué, yo creía que me iba a comer el mundo — otra vez Diego tenía el micrófono en la mano— de verdad… creí que me iba a comer el mundo —arrastró todas las letras.

Adriana me miró y nos reímos.

—Queridos arquitectos, presten atención por favor… —le arrebató el micrófono Carlos— les voy a mostrar el video con las obras arquitectónicas que me enviaron.

—El famoso dossier —le dije a Adriana.

—La guerra de las flores.

—Por favor, les voy a pedir que atiendan y hagan silencio…

Los corrillos siguieron intactos. La comida, la bulla y el desorden apagaron el micrófono. Y mientras en la pantalla se proyectaban esos edificios blancos, minimalistas, impecables, salí de mi grupo y me acerqué a Cristina.

—Te quería felicitar por ese hijo tan hermoso —le dije.

—Ay, gracias —Los ojos se le pusieron más brillantes— mi niño es lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Cuéntame ¿desde cuándo estás viviendo en Inglaterra?

—Me fui para Londres hace más de treinta años. Empecé como delineante… en esa época se dibujaba a mano y les encantó mi trabajo… Y así me fui quedando para después homologar el título —en sus manos brilla una argolla de oro—. Me casé con un arquitecto muy… relevante… y establecí mi propia oficina de diseño.

—Oficina propia… y en Londres… —dije admirada— muy tesa.

—Después de dieciocho años me separé… y volví a encontrar el amor con Mike.

—¿Otro arquitecto?

—No, un artista plástico.

—¿Y el niño?

—Mi niño llegó después de buscarlo mucho… con un tratamiento hormonal.

—¿Entonces es tuyo?

—Claro que sí, es mío.

 

Esa noche salí con Adriana hacia la portería y Guille nos alcanzó diciendo que no era bueno que las mujeres anduvieran solas por las calles buscando taxis. Entonces los tres recorrimos la vía tomados del brazo tarareando la última canción de la fiesta.

La luna brillaba en el cielo. Las sombras de los árboles se proyectaban oscuras en el prado. Zigzagueamos por la carretera. Nos montamos en la acera.

Caminamos un trecho y me desengancho para saltar otra vez al pavimento.

—Adivinen —les digo— el niño de Cristi, es de ella. ¿Pueden creer eso?

—Es un niño hermoso —Adriana se baja de la acera.

—Un prodigio.

—Y nosotros a punto de ser abuelos —se nos une Guille.

—Esto me tiene reverdecida…

Nuestros pasos siguen dibujando trenzas en el asfalto hasta que llegamos a una curva y nos detenemos al ver la luna reflejada en el agua.

—¿No es una belleza?

—Dos lunas…

—Y el lago rodeado de árboles llenos de flores blancas.

—Tan brillantes.

—Una postal.

—¡Qué remate de fiesta!

—…

—…

—…

—¡Hagamos una selfie!

—¡Para el dossier!

—Una foto con el telón perfecto.

Los tres nos pasamos los brazos por los hombros. Guille sostiene el teléfono. Sonreímos. Dispara el flash.

Y un murmullo de flores se estremece a nuestras espaldas.

Nos quedamos quietos.

—¿Se dieron cuenta?

—¿Qué?

—Pájaros ¡Son pájaros!… Y a esta hora de la noche: ¡Pájaros!