Quimera de espanto, larva que recorre mi espina envolviendo la varilla que soporta las vértebras. Juventud de yeso. Escoliosis contenida, cirugía, clínica y esa cama de enfermo, la silla de ruedas, el confinamiento. Doce meses de letargo para regresar a la vida siendo la misma, aunque un poco más recta, un tris más cautelosa, un tanto muy alerta.

A veces rezo, le pido a Dios sabiduría para tomar buenas decisiones, también templanza y serenidad. Es que si me vieras por delante te encontrarías con un ave apacible sin sospechar que por detrás una cicatriz esconde la tiranía del acero que me sostiene como un mascarón de proa para que vislumbre las tormentas sin cerrar los ojos. Y por más que quiera, por más que lo pida, ahora es imposible volver a mi carcasa de yeso, ser de nuevo ese caracol que se arrastra, el armadillo que se enrosca, el puercoespín que se eriza, olvidar el miedo y las noticias, las redes, ignorarlos a todos arqueando mi espalda… Que mi frente toque la ingle y mis piernas se doblen abrazándome toda para hacerme fósil y volver a la tierra para que al fin ella me guarde en su tibia madriguera.