Lo vi en medio de un grupo de personas que entraban al café. Reconocí su cara, la había visto en el navegador. Seguí mirándolo. Conversaba con sus amigos. Pregunté para asegurarme y me lo confirmaron. Era él, ahí, a seis metros de distancia el mismo hombre que en enero escribió una bella nota acerca de mi libro.

Me levanté de la silla, fui a saludarlo, le di la mano y en sus ojos vi que se preguntaba: ¿A qué viene esta mujer? ¿Quién es?… Y me apuré en decirle: Yo soy la de Lenguas de fuego… quería darle las gracias por su lectura y por la nota que hizo de mi libro.

En el orificio de sus pupilas vi cómo se rompía una burbuja; ese universo creado por el lector, mi lector desconocido, se acababa de transformar en un muñequero tan corriente, tan trillado, tan opaco que la emoción inicial de haberlo conocido desembocó en la desilusión que ahora me obliga a preguntarme por el triángulo que se forma entre el autor, el libro y el lector.

¿En qué consiste esa figura imperfecta que está mediada por las palabras impresas en el papel?

Y es que, en esa cita a ciegas, las páginas del libro son la frontera, el espejo en el que autor y lector se encuentran para mirarse a los ojos y estrechar las manos. Un territorio en el que ambos firman un acuerdo de mutuo conocimiento. Un matrimonio que culmina en una cópula mediada por la sábana de papel.

Los amantes no se conocen, pero, como en un Santo Sudario, pueden adivinar sus siluetas perfiladas entre las páginas del libro. Esa es la única manera en que deben amarse porque en el momento en que se rasga el papel; escritor y lector se miran a los ojos, se profana el pacto y se derrumba el universo construido por ambos.

Hoy me arrepiento de haberlo sacado de ese mundo para traerlo al mundo de un escritor que sólo debería tener vida en su palabra escrita. Afirmo esto y, sin embargo, cuando algo que leo me gusta, busco con avidez en Google al autor con deseos de saber tanto de su obra como de su vida. Nacionalidad, año de nacimiento, infancia, cónyuge, hijos, estudios, obras, premios… Voy a las charlas cuando es invitado a las ferias del libro. Pero también voy a las de otros autores aún sin haberlos leído y son más las veces que salgo decepcionada para decirme es mejor leerlo… Aunque otras veces también me digo, a este fue mejor oírlo porque cuando lo leo me desinflo.

La elocuencia, esa retórica seductora de la que hacen alarde muchos autores, no siempre se corresponde al prodigio de sus textos. Y es ahí donde se acomoda el espectáculo al que hoy, más que nunca, se rinde culto: las redes sociales. Las promesas rápidas de un mundo singular al que los espectadores, como simples voyeristas, son invitados a presenciar malabares mentales de frases tan profundas como ligeras. Unas palabras son barridas por las siguientes, cada vez más volátiles y pasajeras. No soy ajena a eso y me asqueo de mí cuando me veo pasando ratos largos sumergida en esas profundidades mientras me devoro un paquete de chucherías.

Todo a mi disposición. Oprimo “enter” y listo, preguntas resueltas sin salir del sillón.

Pero cuando escribo, cuando de verdad quiero entregarme a la escritura, apago el mundo y procuro el silencio para estar conmigo misma. Yo con mi yo de adentro, para establecer ese diálogo interno en el que se va hilvanando el lenguaje que articula un universo de palabras para el lector. Ese receptor invisible nos da la libertad de imaginarlo tan desnudo como un Adán dispuesto a perder su paraíso por la promesa de otro… ni mejor ni peor, simplemente otro.

Y así, sin vernos, nos amamos con un amor puro.

Ya me había sucedido algo similar. Y no solo coincide la circunstancia de que a ambos los llamaba “mi lector desconocido”, sucede que también los dos han sido críticos de cine… Apenas ahora caigo en la cuenta de esa conexión intrascendente y curiosa… y no buscada. A este personaje le envié un cuento que había escrito a raíz de la lectura de una de sus críticas. Había ido a una película que él recomendaba y de ahí salió un texto. Nada memorable, pero en ese momento (esto fue hace muchos años) yo creí oportuno buscar su correo y enviárselo. Un gesto amparado en el anonimato de quien lanza un avión de papel y se esconde tras un muro. Pero su respuesta fue tan amable, tan cercana, que le seguí enviando cuentos que él seguía recibiendo con la misma calidez. Yo no esperaba nada más y sólo atesoraba esa respetuosa correspondencia como el atisbo secreto de un hombre que lee detrás del cerrojo de una puerta. Pero todo se arruinó. Él vino invitado por la Fiesta del libro y no pude resistir la tentación de montarme en el Metro y pasearme por los stands de la feria. Quería mirarlo desde lejos. Estudiar sus gestos y fisonomía. Le conté a la amiga que me acompañaba ese día y ella me animó a que lo saludara. ¡No! Ni riesgos, le dije. Me dio instrucciones de cómo hacerlo… le dices esto o aquello. Me rehusé. Fui tajante, le dije que no quería que me viera, que me gustaba no ser nadie, ser simplemente la que escribía. Y entonces, antes del inicio de una de las tantas conferencias, fui al baño. Tardé unos minutos y al regreso la encontré sentada junto a él. ¡Por favor! Me senté detrás. Escuché que le decía con una vocecita fingida: Hola, yo soy Ana María Cadavid, quería conocerte… ¡Por Dios! A partir de ese momento no pude escuchar nada más porque la sangre se concentró toda en mi cara, en mi cabeza y el corazón me cacheteaba: tas, tas, tas.

Cuando ella pasó a la fila de atrás (malditas cacofonías: tas, tas, tas), él miró y lo supe: se había despedazado esa tela que yo había urdido con tanto cuidado. No tuve más remedio que, a la salida, decirle que yo era Ana María, que le pedía disculpas por la tomadura de pelo, que lo sentía mucho. Él me dijo que ella no encajaba con la Ana que se había figurado en la mente. Y nunca le volví a escribir.

Esto me sucede a mí que soy una escritora poco conocida cuyos lectores son algunos parientes y amigos contaminados con notas de pie de página, asteriscos, paréntesis, comillas y notas biográficas. Es por eso que creo que mi circunstancia es distinta a la de los escritores cuyos nombres suelen ocupar más espacio que el del título de la obra. Escritores que llenan escenarios y se les forman filas a la hora de firmar bellas dedicatorias. Supongo que, para ellos, en algún momento, llegue el hartazgo al saber que la página se ha convertido en un celofán transparente. Deben sospechar, presumo, que un lector que todo el tiempo ve a su escritor se distrae. Por eso me empeliculo y atesoro la idea de tener un lector anónimo.

El martes no opuse resistencia a la tentación de saludar a mi nuevo lector desconocido. Ahora lo lamento. Y aunque había aguantado los deseos de escribirle para darle las gracias o enviarle cuentos por correo, no pude soportar las ganas de saludarlo. Y como la mujer de Lot lo miré. Y como Eva le di la mano. Y le dije: yo soy la de Lenguas de fuego. Rompí ese estado de inocencia que hace del lector un ser puro… Y en mi impúdica desnudez supe que había invadido un terreno que me era ajeno y que, por el solo hecho de conocer su cara, esa que había visto en la pantalla de mi computador, no estaba avalada para presentarme. Porque él, que no conocía mi cara, ya me conocía por dentro y yo, que sólo conocía su cara, era menos conocedora de él y, por lo tanto, menos poseedora del derecho de violar ese pacto secreto que se formó, con su lectura, entre las sábanas blancas del libro.