El mundo se convulsiona; ves las imágenes de los noticieros, escuchas discursos de odio en la radio, lees el veneno que alimenta las redes y te queda esa sensación de agotamiento, esa global y absoluta impotencia que te arrincona, una y otra vez, hasta que, como una rata, peles los dientes y trepes por el palo de la escoba.

No haces nada.

No hago nada.

Un cardumen de ideas se agolpa en mi cabeza. Sin saber cómo sacarlo, cómo desocupar la mente, busqué darle una forma que pudiera contener en las manos, reduciendo el universo a lo íntimo. Empecé a escribir con el deseo de encontrar belleza dentro de una verdad que condensara la esencia de estar vivo. Así fue cómo, en la escritura, me sentí libre, reina de un territorio de papel y palabras que yo creí gobernar. Pero después descubrí que en ella tampoco estaba exenta de censura, de mi propia censura y entonces me pregunté: ¿hasta dónde llega mi libertad?

Hace unos días hice un texto. Nació prácticamente muerto. Fue triste. Después de una cortísima gestación y una intensa escritura, en la que al final encontré esa revelación, la auténtica epifanía de los buenos relatos, me di cuenta de que era mejor enterrarlo, aunque estuviera vivo, porque a los ojos de todos hubiera sido la bestia que se atrevió a parir un ser diabólico heredero de una verdad, de esas que es mejor no saber.   

Siempre he oído que la libertad termina donde empieza la del otro. En la película “La duda” un sacerdote hace una perfecta analogía cuando describe la penitencia impuesta a una mujer que levanta falsos testimonios sobre su prójimo donde le pide subir a un tejado y allí destripar una almohada. Las plumas vuelan por todos lados. Ella regresa por el perdón y él le ordena ir por cada una de las plumas que el viento esparció. Ella dice que es imposible hacerlo porque se han regado por todas partes. Y el sacerdote la condena señalando: ¡Esos son los chismes!

Pero si no hay un falso testimonio, no hay chisme… Y si lo que se devela es un secreto, ¿se configura una simple imprudencia? Para un sacerdote esto sería violar el sacramento de la confesión… Pero si el secreto no te ha sido dado en custodia o no has prometido guardarlo, entonces, ¿no hay pecado? Son tantas las preguntas que te haces y, sin embargo, si lo cuentas sabes que hieres y aunque sepas que ese mismo hecho apuñaló un momento sublime, eso no te autoriza a publicarlo porque, si bien otros no lo supieron y, por lo tanto, no fueron heridos, con la escritura se develaría la herida ignorada que, al ser leída, se irradiará a todos.

 Sofocas el engendro.

Guardé el archivo en una carpeta en mi computador y junto al título agregué un paréntesis que, como un aviso en un frasco de veneno, advertía: impublicable, para luego quedar con una sensación de castración autoinfligida, seguida por un pequeño duelo en el que me preguntaba por la libertad, por el sutil cerco de mordazas que construimos para proteger la inocencia, para creer en las personas y seguir adelante.

Pero, a veces, llegan compensaciones y, una semana después, surgió un texto para una tarea de taller postergada por meses. No sabía cómo abordar un “cuento negro” porque mi vida estaba exenta de asuntos criminales y, en realidad, hasta ese momento, para escribir era necesario que algo se gestara anidando días en mi cabeza antes de salir en forma de relato. Nada sucedía. Lo fui aplazando, sesión tras sesión, y, mientras mis compañeros hacían sus tareas, yo criticaba sus relatos preguntándome cuándo iba a lograr escribir algo que se pudiera poner la corona de la anhelada ficción. Entonces, como una retribución divina, después de enterrar mi niño muerto, pude gestar: “Asuntos internos”. Una historia en la que una joven se siente culpable porque su hermana cayó de la terraza de un edificio… La trama es mucho más compleja, pero viéndolo en perspectiva, de alguna manera, este relato de ficción, nació para preservar el estatus quo haciéndome olvidar la existencia del mayor, mientras acariciaba la vida del menor.

Ahora, finalmente, tengo la certeza de que el único rincón verdaderamente libre es el pensamiento, sin embargo, este, aprisionado en la cavidad craneana, sin que lo queramos, siempre puja por salir en forma de palabra.

 Ana María Cadavid