Mis queridas concuñadas, después de ver las caras de asombro al oír mi decisión de ir a la finca, y ahora que he regresado, les voy a contar como empezó y como se desenvolvieron las cosas para que se animen y no lo sigan aplazando:

A mediados de junio, cuando fui por mi segunda dosis de la vacuna, me encontré con mi prima Marcela. Esperábamos los turnos y me enseñó en el celular un proyecto de apartasuits en Cartagena. Me explicó que lo iban a construir alrededor de un lago azul con playas artificiales de cuarzo blanco.

—Una delicia invertir los ahorros en algo que uno pueda disfrutar, algo para una vejez chévere. ¿Te imaginás?  —me susurró casi en el oído—: Yoga al amanecer, junto al lago…

Y, claro, llegué toda imaginativa a mi casa, serví dos cervezas heladas y busqué el proyecto en Google para tentar a Alejandro: Mirá que delicia, los apartamentos son chiquitos, pero lujosos. Podemos pasar temporadas largas asoleándonos mientras chapuceamos en el lago.

—Ana, Eso es una piscina disfrazada de lago… —Se levantó del sofá por un paquete de maní— ¿Cuánto valdrá sostener esa belleza de cloro?

—Es para cuando seamos viejos —insistí—. Hace tiempos que no voy al mar.

—Ya estamos viejos.

—Estamos en el límite.

—Un condominio de apartasuits, lleno de turistas, debe ser un infierno.

—Acá vivimos con todos tus hermanos alrededor y hemos sobrevivido por más de treinta años.

—No tiene vista al mar —regresó al sofá.

—Eso no importa, está a cuatro minutos de la playa.

—En carro, ¿cierto?

—Sí, pero… —vi que la espuma se convertía en una línea delgada y blanca —sería como tener un aire distinto al de todos los días.

—La segunda dosis te tiene trastornada —sirvió otra cerveza.

—Es que tengo unas ganas de irme para algún lado —llené mi vaso— ¿Seran efectos de la pandemia?

—…

—…

—Vamos a la finca con Gabriel —me dijo.

—¿Al Cesar? —pregunté.

—A Simedejan —confirmó.

—¿De verdad?

—Aprovechemos que hay acuerdos de paz.

—Y ¿los nuevos reclamantes?

—Ya van más de veinte y hemos demostrado hasta la saciedad unos títulos que no solo fueron de mi…

—Vamos… —lo interrumpí— vamos antes de que me arrepienta —el copo de espuma se sostuvo en el borde—, tierra caliente y vallenatos —la condensación rodó por la mejilla del vaso.

—Listo, ya mismo pongo en el chat que nosotros acompañamos a Gabriel. Se van a sorprender.

—La vacuna me tiene… —salté como un resorte— ¡Hay juemadre! ¡No se podía tomar licor y yo me bogué la cerveza como agua!

Pero me acordé que la abuela, me refiero a nuestra suegra, claro, había hecho lo mismo cuando le pusieron la Sinovac… Ella se tomó su buen par de vinos y no le pasó nada, así que, si a los noventa y cinco no pasa nada, a los sesenta tampoco… Entonces me acosté tranquila y, al día siguiente, amanecí esperando los escalofríos, la descomposición que hizo sudar a Alejandro con la segunda dosis de la vacuna, pero no sentí nada distinto al recuerdo del chuzón en el brazo y a la conciencia de haberme embarcado en un viaje que había evitado por más de treinta años.

De todas maneras, me gustaría aclararles que antes de tener los hijos fui un día desde Santa Marta, con Alejandro y mi papá en el Suzuki. Yo estaba joven… veintiocho, creo.

—Me voy con Alejandro y Gabriel para la finca —le avisé a mi familia.

Y, claro, el dos de julio, a las doce en punto, nos pitó Gabriel. Ya habíamos almorzado y salimos juiciosos con dos maletines que empacamos por separado, porque Alejandro me dijo que, así como él no revisaba mis cosas, lo dejara a él con las suyas. Ustedes saben cómo son ellos. Lo dejé a sus aires. Le pedí consejo a Ángela que ha acompañado tantas veces a su marido y sólo me recomendó empacar unos pantalones flojos y una blusa de manga larga para montarse en el caballo. Sin embargo, me apertreché de antisolares, repelentes de insectos, desodorantes, botiquín de primeros auxilios, sombrero, ropa para todos los días y una muda extra por si acaso. Les confieso que pensé en los bloqueos de vías y en secuestros. Se oyen tantas cosas… En fin, también empacamos una neverita con fiambre, botellas de agua y jugo de naranja.

—Listos y a la hora exacta— nos felicitó cuando entramos en el jeep.

—Yo soy muy puntual —le respondí mientras me abrochaba el cinturón de seguridad y le dedicaba una sonrisa por saludo.

Gabriel traía puesto su chaleco de geólogo; ese que tiene bolsillos hasta en la espalda. También vi que atrás, en la maleta, llevaba el chapolero y la trampa. ¡Por supuesto! Ya sabemos que ellos no pueden perder la oportunidad de traer mariposas para la colección.

—Vamos por la Medellín-Bogotá… dormimos en San Alejandro, salimos madrugados a la Jagua de Ibirico y de ahí a la finca.

—¿Con o sin tapabocas? —pregunté.

—Estamos vacunados, ¿cierto?… ¡Quitémonos los verriondos tapabocas! —se lo quitó y vi en su cara ese gusto por iniciar el viaje; porque de toda la familia, como saben, él es quien le ha puesto el pecho la administración de la finca.

—Cuidado que viene la abuela con el bastón —le advierto.

—Paciencia, que la cosa es lenta.

—Paso entre paso.

Finalmente, la abuela logró llegar para dedicarme una sonrisa.

—Ana, espero que te vaya bien —después los miró—, se cuidan hijos.

Ella se apartó del jeep y Gabriel arrancó celebrando que el invierno había cedido. Tomó la transversal de la montaña y rebasó todos los carros para recuperar el minuto de espera.

Mis queridas concuñadas, no me explayaré en describirles las curvas, los pare siga, los peajes, las filas de tractomulas, los abismos, los derrumbes. No. Solo quiero detenerme en la vegetación que amenaza voraz con robarse la carretera porque, a medida que uno baja la cordillera, las hojas de los árboles se hacen más grandes, brillantes y verdes, y el pelo se sale retorcido del peinado para azotar los ojos.

Cuando íbamos por Cocorná, los hermanos recordaron cómo era ir de vacaciones a la finca. Mi suegra montaba a los seis en un tren sin puestos asignados. Cuando alguien se bajaba en algún pueblo, ella acomodaba uno y otro hasta lograr sentarlos a todos. A las dos niñas les daba hojas de papel periódico con un orificio en el centro para poder usar un sanitario del que siempre he oído que era inmundo. 

—¡El expreso del sol! —se ríen.

—A veces, el viaje duraba más de un día…

—Hasta treinta horas y el tren cabalgaba sobre polines.

—¡Corcoveaba!

—Nos quedábamos un mes en la finca cuando no había ni motobomba para sacar el agua del pozo, ni panel solar para encender una luz o un abanico.

—Tampoco había caballos…

—Mi papá tenía un tractor destartalado con el que iba hasta la Jagua a mercar —Alejandro eleva la voz sobre el ruido del motor.

—Galletas de soda con comején —se ríe Gabriel.

—Y el salchichón era verde —me pone la mano en el hombro—. ¡Verde! —remarca.

—Cuando ya estábamos más grandes íbamos ya solos… En flota.

—Yo le hice la instalación para la planta eléctrica.

—Pero eso fue cuando estábamos en la universidad.

—No íbamos a descansar —se ríe Alejandro—: ¡Qué tal! Nos tocaba tirar machete o terciarnos todo el día una fumigadora en la espalda para recorrer un potrero.

—Cuarenta grados a la sombra.

—¿Por qué no tenían caballos? —pregunté.

—Porque mi papá decía que un vehículo que pensara y tomara decisiones por sí mismo, era un peligro.

Después de Doradal paramos en una recta debajo de un árbol a estirar las piernas. Comimos papitas y tomamos jugo. Ellos desocuparon las vejigas y yo di gracias a Dios porque con el calor la mía estaba seca.

La velocidad aumentó. Las dobles calzadas, que son intermitentes, aliviaron el miedo que sentía en la boca del estómago cuando nuestro cuñado entornaba los ojos para salir del carril a rebasar los camiones. Cien, ciento diez, ciento veinte, cien. Gafas bien puestas. Las pupilas miopes en el horizonte y las manos empuñando el timón.

Un atardecer de rayas anaranjadas fue el preludio de una noche sin luna. Empecé a leer los avisos: Inicio de doble calzada, fin de la doble calzada. Lo hacía en voz alta para alertar a Gabriel, pero de un momento a otro la carretera se estrechó, el pavimento se hizo negro, sin líneas blancas o amarillas, sin puntos de referencia, hasta que las luces de una tractomula empezaron a brillar en el horizonte, y la bóveda celeste se fue convirtiendo en un abismo y las estrellas, ese par de luces siamesas empezaron a abrirse en lo que parecía la órbita errática de un bólido de fuego a punto de estrellarse contra la atmósfera. Gabriel dio un timonazo a la derecha para en seguida virar a la izquierda. Regresamos a la carretera.

Fue tan rápido, tan breve, tan pasajero, que no tuvimos tiempo de sentir miedo a la muerte. Y les confieso que me reí, no sé por qué, pero me reí celebrando que no nos volcamos, que no quedamos como cucarachas bajo las llantas de una tractomula, y aplaudí el milagro de seguir inermes por esa vía oscura.

Finalmente llegamos a un hotel de carretera. Nos bañamos. Comimos sánduches. Pusimos despertadores.

El sábado, cuando salimos al amanecer, guardé en mi boca los “cuidado, más despacio”. El clima a esa hora es fresco y uno ve los pastizales y cultivos de palma que se intercalan con setos de árboles que arropan una carretera recta de calzada simple. Llegamos a la Jagua y buscamos el hotel. En la habitación dejamos parte del equipaje y regresamos al jeep para encaminarnos a la finca.

En este punto, mis queridas concuñadas, quiero confesar que ya había estudiado la zona en los mapas de Google. Sabía muy bien que teníamos que pasar a Boquerón para encontrar la entrada, pero una cosa es ver la tierra desde un satélite y otra es verla de cerca. Por fortuna, Gabriel, que conoce de memoria todos los rincones de la finca, se detuvo frente a un portón que yo hubiera pasado de largo. Llegamos, dijo con esa sonrisa seguida del vaivén de cabeza que lo caracteriza. Je, je, je.

Se bajó a pelear con un candado reacio a ser abierto. ¿Qué hora es? ¿Diez pasadas? ¡Llegamos temprano! Todavía nos falta media hora, para entrar a la casa. Cuando al fin abrió el candado, regresó al carro, avanzó unos metros, se bajó de nuevo y volvió a cerrar la portada. A partir de ese momento empezó el rosario de portones, candados, llaves, acelerador, freno, timón acá y allá. Puso la trampa de mariposas y seguimos esquivando sarzas, socavones, caños, portillos, lodo… Yo le había sugerido a Alejandro que fuéramos en nuestro carro y entendí por qué me dijo que mejor en jeep. Gabriel engranaba la doble tracción, nos zambullía en el agua, las llantas formaban un arco de tierra anaranjada y yo me sentía en un comercial de Cherokee. Una película agreste con música de Malboro, ¿la recuerdan? Tararan…

Al final una arboleda y una casa.

—¡Llegamos a Simedejan!

—El Serengueti.

—¿Serengueti?

—Una vez, hace muchos años, habíamos ido a Santa Marta en el Suzuki y vinimos con mi papá… él la llamó El Serengueti porque las sabanas estaban secas y amarillas —abrí la puerta—. Él era muy charro, le ponía nombre a todo —salté al pasto—. Dijo que lo único que hacía falta para completar el safari eran los leones y las hienas.

—Eso fue antes de que la guerrilla sacara a mi papá de la finca —aclaró Alejandro cuando salió del carro.

—Año noventa —Gabriel abrió la puerta de atrás.

—Ochenta y nueve; en el noventa fue la invasión —le aclara Alejandro mientras saca de la nevera el fiambre y las botellas de agua.

—Recuerden que: en la chaleanada cada uno lleva mochila con insecticida y botella de agua —mi cuñado cerró la puerta—. No quiero desmayos.

Aquí me detendré a explicarles que la casa es de madera, no como esas cabañas de troncos que se ven en las películas de Alaska, no, está construida con tablones anchos, de unos cuarenta centímetros, cortados con motosierra, de lo que imagino sería un árbol gigante, tal vez Tolúa o Guayacan polvillo o Pui… árboles que cuando la finca fue invadida fueron talados para robar la madera. Ya conocen las historias porque las hemos oído por años… En fin, uno se para frente a la casa y las paredes son opacadas por el fulgor del techo. ¡Por Dios! imagínense nosotras viviendo en una lata de galletas. A pleno sol. En ese horno.

Afortunadamente la casa tiene un cuerpo abierto, pero, de todas formas: ¡Techo de zinc! En ese lugar los tres trabajadores se sientan a comer y guardan las motocicletas. Sin embargo, la cocina está adentro, en uno de los compartimentos de la caja. ¡Le provoca a uno llorar! No se entiende por qué razones no la sacan al aire libre, por qué esa mujer no dice que es mejor tener la estufa afuera, por qué esos hombres no montan sobre el zinc un entramado de hojas de palma para aislar el calor… Son tantas las cosas que uno se pregunta mientras ve que las gallinas se revuelcan en el “solar” y escarban la tierra y se la echan encima como si disfrutaran achicharrándose bajo el sol con un baño de polvo caliente. Pero, aunque uno se sorprenda, de todas maneras, hay que entender que están tan lejos, que después de que la guerrilla sacó al abuelo, la finca regresó a sus orígenes salvajes y que volver a “montar” la finca fue domar la naturaleza, tajo a tajo, para otra vez abrir potreros y tener ganado. Es por eso, creo, que nosotras tres, desde la ciudad, sin más señas que las historias referidas por ellos, los Gutiérrez y, en mi caso, el vago recuerdo del paseo con mi papá, no abarcamos en su totalidad la dimensión de lo que para ellos significa Simedejan.

—Veanlo, ahí viene el hombre de la finca.

Sí, el que venía era Raúl Pinto. La verdad es que de tanto oír hablar de él, de tanto hacer giros de plata a su nombre, ya tenía una imagen que prácticamente se correspondió al hombre que se nos plantó al frente. Alto, más alto que Gabriel y Alejandro, moreno, brillante, fuerte, macizo, sólido. Con unas facciones de las que no se podría decir que son delicadas o bruscas. Sombrero alón, botas de caucho hasta la rodilla, espuelas, pantalón gris, camisa gruesa de manga larga, chaqueta, poncho. Ojos negros, dientes blancos.

Me conmovió ver cómo se saludaron. Se notaba el aprecio, la camaradería. Risas. Allí había una relación más allá de las vacas y los pastos. Choque de puños. Eran un par de socios que, como saben, hablan por teléfono casi a diario y que se ven cinco veces al año.

En seguida llegó un viejito al que llamaron Picalúa. Un apellido que, a mi modo de ver, como todos los del Cesar, es bonito y sonoro. Lo había escuchado en la época en que el abuelo habitaba la finca. Bueno, el caso es que en la conversación salió de inmediato la visita del ejército con los de Restitución de tierras. Dijo que, aunque no estaba cuando vinieron, distinguía a dos de los reclamantes y que, en realidad ya le daba miedo quedarse a dormir en la finca.

—Usted conoció a mi papá —le dijo Gabriel—, sabe que era dueño y no le quitó la tierra a nadie. Entonces, otra vez, vamos a demostrar que es una propiedad lícita, con todos los documentos en orden… Y diga en el pueblo, que los falsos reclamantes pueden ir a la cárcel, porque eso es un delito —se sentó en un tronco—. Ya lo demostramos veintiséis veces y, con los cuatro que vinieron, vamos a ajustar treinta. ¡Este país es una piñata! 

—Yo recuerdo a su papá cuando emprestaba plata y daba leche.

—…

—Uno de los que vino… —Picalúa acaricia con las manos a un poste— uste sabe, es de esoj que mandaron en una época y ahora están, otra vej, con la paj, uste sabe.

—Mañana vamos a La ilusión y nos reunimos con Mantilla para ver los cultivos.

—Bueno patró, de toda manera se cuida porque laj mojca ejtán rondando.

Caminamos al corral para el conteo de los animales. Pinto y dos trabajadores, ya tenían reunidas las vacas escoteras con un par de toros. También estaban los terneros con las vacas recién paridas. Abrieron el portón y entramos. El piso, resbaloso, que olía a orines y boñiga, me transportó a mi niñez cuando mi papá nos llevó a Salgar, a la casa del tío Mario.

Pinto abrió otra puerta, empezaron a entrar las vacas y, entonces, resolví salirme del corral para ver el conteo desde afuera… Pues déjenme advertirles que esa maroma, que por fortuna solo fue vista por un par de bestias que pastaban cerca, fue aparatosa. Daría pena verme enredada entre esos palos tratando de escalar travesaños, levantar una pierna, y en seguida otra, sin caer al abismo, para eso se requiere de un entrenamiento de años, de huesos jóvenes, de músculos gráciles… En fin, por fortuna bajé ilesa, y desde afuera observé un rato a mi cuñado sacar una libreta de su chaleco de mil bolsillos, para anotar los números que cada animal tiene marcado en el lomo.

Junto al corral están las ruinas de la que era la casa donde vivía el abuelo. Es el lugar más fresco de toda la finca. Los árboles crecieron altos y frondosos como preservando la memoria de ese hombre que habitó tantos años una casa de la que ya no queda más que muros derruidos. Caminé alrededor intentando adivinar qué era alcoba, corredor o cocina. En la tierra, un círculo de piedra demarcaba lo que fue un pozo de agua. A pesar de que solo se conservan restos de muros cubiertos de hojarasca y musgo, bajo ese dosel espeso de árboles, se puede adivinar la austeridad con la que vivía.

Alejandro salió del corral y le pregunté por qué no reconstruían la casa.

—Es el testimonio del despojo, por eso se queda así, para que a nadie se le olvide…

Empezó a describir la distribución y Gabriel se acercó para corroborar las historias. Aquí mi papá tenía la quesera, acá guardaba la herramienta, allá era el cuarto de los trabajadores, acá un corredor, allá la cocina… y este era el cuarto donde él dormía.

—Vamos a almorzar y después le damos la vuelta a la finca.

Bajo el cielo de zinc el calor zumbaba con las moscas. Comimos unos burritos con el salteado de carne y suero costeño que Alejandro había empacado desde la casa. La mujer, que yo supuse era la esposa de Pinto, nos sirvió una limonada y de un manotazo espantó una nube de moscas que se posaba en la comida.

Aunque el calor había escalado números y mi vejiga estaba casi seca, no podía arriesgarme a que me atacaran las ganas de orinar en medio de un potrero.

—Gabriel —le dije pasito— Cuando vienes con Ángela, ¿ella usa algún baño?

—Allá —señaló un cuartico de cemento separado de la casa.

Entré en el baño con la grata sorpresa de que, si bien las paredes eran de cemento, el sanitario era de porcelana blanca y limpia.

Cuando salí pude ver los cuatro animales ensillados.

—¿Cómo se llaman? —pregunté.

—Aquí ningún animal tiene nombre —respondió Gabriel.

—Pero cuando mi papá estaba, hasta las vacas tenían nombre —me aclaró Alejandro.

—Bueno, Ana, ahora vamos a ver los potreros —se rio el cuñado—. Que no se te olvide el agua en la mochila.

—A la seño le damo la mula mansa.

—Alejandro la yegua y yo el caballo.

—¿Y Pinto? —pregunté.

—La otra mula —me respondió Gabriel—, él siempre va en la mula grande.

Ay mis queridas concuñadas, haber escalado la baranda del corral fue solo el primer paso para montar el pie izquierdo en el estribo, agarrarme de la cabeza de la silla y dibujar un arco en el aire con la pierna derecha hasta quedar, bajo la atenta sonrisa de los hombres, sentada en la silla.

No esperen que un Gutiérrez  les de la mano y mucho menos les empuje la nalga. No mijitas, prepárense a que esa prueba, como todas, la tienen que pasar solas. Ellos de antemano se solazan en sus destrezas porque están entrenados desde que nacieron, pero nosotras, con tantos años de estar imbuidas en la dinámica de la familia, o hacemos la maroma completa o nos quedamos mirándolos partir. Ese tren no espera a nadie, el que se subió se subió. Y, aunque se rieran, aunque el mismo Pinto se riera, coroné esa maldita silla y me senté en la dichosa mula sin nombre.

—Vea, Ana, pa´tras, frena. Pa´la derecha, así. Pa´la izquierda, vea, afírmese bien… — Gabriel, con el calor y la tierra se vuelve más Gabriel— y pa que camine, le da con las patas en la barriga.

—Yo voy a lante —dijo Pinto— Gabriel, que tiene el macho, va detra. La seño en seguida y de ultimo la yegua que ahora está en caloj y el macho la puede monta…

¿Ah? Todo se me complico porque en ese momento no sólo se trataba de lograr permanecer sentada en la mula, sino que tenía que ser la barrera de contención en un posible asalto sexual entre dos hermanos.

—Ya saben —me advirtió nuestro cuñado— en fila para evitar problemas.

Cuando ellos montaron sus gráciles noventa y cinco kilos, mi mula soltó un rebuzno y se sacudió recordándome que mis huesos dependían del equilibrio en esa silla.  

—¡Téngase fino, mija! —me advirtió el cuñado—. No la suelte.

A las dos de la tarde dejamos las sombras de los árboles y tomamos el camino de La tolua hacia un potrero en el que estaban los novillos y toros. Los pastizales verdes del color de las esmeraldas…

Suena bonito, ¿verdad?

Una cosa es ver la finca en fotos en el chat de la familia y otra es recorrerla a lomo de mula con ese sol, con ese hijueputa calor, con las posaderas maceradas en la silla mientras la mula se dedicaba a comer acá y allá. Un paso, una yerba, otro paso, más yerbas y así, a sus aires, haciendo lo que le daba la gana mientras yo esquivaba sarzas, intentando seguirle el paso a Gabriel y Pinto, sin soltar las riendas, aferrada a la cabeza de la silla como si la vida entera dependiera de eso.

No me pregunten por los novillos y los toros. No los vi. Lo único que veía era a los dos jinetes de adelante conversando todos animados. Chalaneaban sus pobres animales mientras la mía, en lugar de agradecer mis cincuenta y siete kilos, se dedicaba a mecatear todo el camino… Alejandro detrás. Y ese puto sol.

—No le sueltes las riendas —me decía.

—Que sienta que uste ej la que manda —reforzaba Pinto.

—Clávele los talones —me ordenaba el cuñado.

O los estribos son garetas o yo soy patas pal monte, pero, de un momento a otro, se me salieron y me aferré a la cabeza de la silla con todas mis fuerzas porque se me iban a caer los zapatos y, claro, la nena, que me miraba de reojo, se recostó a un árbol para comerse otras yerbas con florecitas amarillas y entonces aproveché a poner los pies en los estribos, pero ella cabeceó y se me salieron las riendas de los dedos.

—¿Te cabestreo?

¿Pueden creerlo? Alejandro se acercó para tomar un lazo que estaba enrollado a un lado de mi rodilla y me llevó como a una niña de la mano. Hay momentos así. Yo sé que los podemos contar con los dedos, pero uno se siente feliz… Gabriel empezó a decir que Ángela es muy buena jinete, que él recorre toda la finca con ella y los hijos, que les encanta, que no se cansan… ¡Qué mareo!

El sol aplastaba el horizonte. El calor crujía bajo los cascos de la mula. El sudor se evaporaba antes de correr por las mejillas

—¿Falta mucho?

Imaginaba la botella de agua guardada en mi espalda. Les juro que pensé en un pitillo largo, en una botella de suero, en una cánula, en un hospital.

—Apenas estamos empezando —sentenció el cuñado.

Todo me daba vueltas.

—¿Cuánto falta? —volví a preguntar.

—¿Por qué? —me preguntó Alejandro.

—Creo que me voy a maluquear.

—Toma agua… ¡Para eso es el agua! —me dijo.

—Si suelto las riendas, si suelto las manos de la silla… me caigo.

Se acercó y me ofreció su botella… ¡Se imaginan!

Logré beber un par de tragos y le confesé que no era capaz de seguir adelante.

Mis queridas concuñadas, fue un momento de esos en los que se pone a prueba el matrimonio y, por fortuna, para ambos, Alejandro le avisó a Gabriel que nos devolvíamos. Y, claro, mi mulita, que de boba no tenía nada, captó de inmediato que nos había vencido y, cuando vio la perspectiva del regreso, dejó de comer yerbas y, trotandito, me llevó a la casa.

A las tres y diez me bajé de la mula y me bogué toda el agua.

Aquí quiero enfatizarles que claudicar es una forma de vencer, porque si hubiera seguido adelante, habría muerto… y en términos de los que no cargamos con el apellido Gutiérrez eso es ganar, aunque para ellos sea perder.

—Gracias mi amor… —le sonreí.

—Sentémonos debajo del mango. —Trajo un par de sillas plásticas— acá es más fresco.

¡Qué traga! Cuando fui al lavadero por agua, ya me había gastado todos los dedos sumándole puntos a mi marido… Me lavé las manos y me chorreé agua por el cuello. Dejé que se me mojara la camisa para después sentarme a ver a un trabajador bañar la yegua.

El árbol de mangos matiza el calor y uno se queda alelado viendo las gallinas cazando bichos… un gato persiguiendo un lagarto… un perro ladrándole a un niño… niño llamando a un hombre con una motosierra…

La mujer viene acompañada de un periquito.

—¿Cómo se llama? —le pregunté.

—Terry —dijo.

El niño se sentó en un quicio y se quitó la cachucha. Era pelirrojo. El hombre de la motosierra hablaba por un celular y se rió. Tenía brakets.

Regresé al lavadero a chorrearme más agua.

A las cuatro y quince regresaron los jinetes. Volvimos al techo de zinc. Hablaron de reses y pastos. Cuando tomaron limonada, Pinto dijo que no había almorzado. ¿Cómo así? La mujer le trajo un plato de sopa y, de chanza en chanza, entendí que ella era mujer del hombre que bañó la yegua, que Pinto vivía a veces en Boquerón y a veces en la Jagua. Se rieron porque: ajá, ujte sabe…

Después, cuando salimos de la finca pregunté y Gabriel, mientras desandaba el camino del Gran Cherokee, dijo que Pinto tenía varias mujeres.

Salimos a la carretera y una nube espesa, que se desgajaba en el horizonte, nos alcanzó. Les cuento que, en el Cesar, las gotas golpean como balas. Una, otra, otra, y así, ametrallados, llegamos a la Jagua de Ibirico a guarecernos en una panadería donde todos los panes, sin importar el nombre o la forma, sabían igual. Pan dulce con esencia de mantequilla.

Cuando escampó fuimos al hotel a darnos un baño. Comimos sánduches, programamos los despertadores y a dormir. Al día siguiente desayunamos más sánduches, tomamos yogurt, recogimos todo y bajamos al carro.

—No encuentro las llaves —dijo Gabriel.

Volvimos a la habitación. Revisó ropa, nochero y baño, hasta que cacheó a fondo el chaleco de geólogo y, preciso, cuando ya estaba sudando, colorado, aparecieron las llaves.

—Primero vamos a La Jagua Market y después a la finca —meneó la cabeza—. Ana, ¿lista para ir hasta La ilusión a ver el jaguey?

—No, lamento desilusionarte —me senté atrás—, esta vez me quedo en la casa.

Por el camino hablaron de que iban a ver los cultivos de Mantilla, un arrendador que tiene un rancho y cultiva maíz y sandías. Cuando entramos, después del cuarto broche había una vaca con un ternerito que se tambaleaba.

—Se nota que nació hace poco —dijeron.

Llegamos y Alejandro le entregó a la mujer el mercado y una vajilla. Es para ustedes. Le dijo también que nos hiciera un sancocho para el almuerzo. Ella nos repartió pocillos con café caliente y ellos dijeron que eso era bueno para la sed.

—¿De verdad?

Hay cosas que a uno lo sorprenden como ver el hombre de la motosierra con esa sonrisa alambrada o esas camisas gruesas de mangas largas o ese trapo envuelto alrededor del cuello y la cara…

Fuimos otra vez al corral. Desde afuera los vi contar novillas y toretes. Gabriel hablaba con Pinto, las vacas mugían, los caballos relinchaban y una bandada de guacamayas pasó gritando por el cielo. Hice una foto.

Las bestias ensilladas esperaban, junto a la casa, a los jinetes.

—Hoy no los acompaño —reiteré.

Los tres se sonrieron, Pinto dispuso que Alejandro se montara en la mula y que la yegua se quedara en la casa.

Desde la sombra de un tamarindo los vi desaparecer entre un yerbal.

Nueve y cincuenta. Tomé mi mochila, empaqué la botella de agua y fui a dar una vuelta para hacer algunas fotos con el celular, antes de que la canícula del medio día gobernara todo.

Es triste ver cómo una finca, que fue inmensa, se partió en seis cuando mataron al papá del abuelo y, de seis pedazos, mi suegro recibió el más pequeño y, “por cosas del destino”, ya saben lo que hemos escuchado tantas veces, le tocó el terreno que no tenía carbón. Sin embargo, trabajó la tierra hasta que, despojado de todo, tuvo que regresar a Envigado, arrendarla por lo que le dieran y esperar que sus hijos o nietos recuperaran la finca.

Hice fotos pensando en el chat, pero la verdad, creo que las fotografías sólo congelan una imagen del presente sin que se puedan ver a los niños pescando en el río o a nuestra suegra regañando a Felicidad Gómez porque no pone a remojar los fríjoles y le quedan duros o el abuelo montado en el tractor rodeado de niños pidiéndole confites en Boquerón. Nada de eso está en las fotos ni en el chat ni en las cuotas mensuales que tenemos que dar para la manutención de la finca.

Caminé hasta un “tacán” que, como una pirámide de barro, se rechinaba al sol. Las termitas entraban y salían por los agujeros mientras que un lagarto, escondido en las yerbas, las atrapaba con la lengua. También fui a “la madre vieja”, un brazo estancado del río en el que la nata verde esconde pececitos que las garzas comen.

Fotografié la torre con el tanque de agua y la motobomba. Junto a ella está el pozo nuevo porque el otro, el que estaba junto a la casa del abuelo, se secó y había que sacar el agua del rio Tocuy. Tengo que decirles que esta época es buena porque estaba fluyendo. Por él corría una colada terracota, pero era agua, al fin y al cabo. Es bueno que tengan en cuenta que en verano el lecho está seco porque lo roban las fincas que cultivan arroz o palma.

También fotografié los dos marranos de Pinto que retozaban en el chiquero. El cuarto de los aperos y la herramienta… En fin, acabé sentada debajo del mango mirando los nidos de las oropéndolas que como jíqueras colgaban de un árbol enorme. Esas aves negras de cola y pico amarillo, iban y venían llevando comida a sus pichones.

La mujer vino a ofrecerme agua de panela. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Iris… Fue curioso porque el ojo izquierdo lo tenía blanco. Le di las gracias y le pregunté cuanto tiempo llevaba viviendo ahí. Un mes. Antes trabajaban en Nueva España para un señor de apellido Morón. Le pregunté si tenía hijos. Me dijo que tres y ya es abuela. No dejan de sorprenderme esas mujeres que uno supone madres de niños y resulta que no, que tienen nietos.

—¿Desde cuándo tiene a Terry?

—Tiempo y, ajá… ej mi niño —le acarició la cabeza al periquito.

—¿Por qué dejaron el trabajo en Nueva España?

—Eso era muy lejo y hacia caloj.

Me quedé callada. Le había oído comentar a Gabriel que Nueva España es la finca del vecino. Y le sonreí.

Llegaron a la una, se bajaron de las bestias sudando, colorados, riendo. Comimos y espantamos moscas.

Pinto soltó los marranos y Alejandro le preguntó cómo los criaba.

—Le doy suero y concentrao… también loj suelto pa que coman fruta, ute sabe, ellos rebujcan mango, plátano o tamarindo, lo que haya.

—Crecen rápido — continuó Alejandro—… Sesenta, ¿setenta kilos?

—Ajá —sonrió.

—¿Dónde los sacrifican? —pregunté.

—En esa mesa —señaló Gabriel—, la que está junto a la marranera.

—Hombre —siguió Alejandro—, ¿cómo los lleva?

—¿En bolsas? —seguí preguntando.

—Lo abro, lo amarro a una tabla y lo llevo hasta la Jagua… —se ríe—. Y ajá ej mi parrillero en la moto.

—¿Otra novia? —se rieron.

—Pero laj tripaj—me mira— van en bolsa.

No pregunté si la cabeza iba para atrás o para adelante. Si el sol y las moscas… Solo imaginé a Pinto con el marrano despaturrado en una tabla entrando a la Jagua en la moto.

—¿Nos vamos? —sugerí.

—El queso está listo en la neverita… pero faltan los mangos —dijo Gabriel—. Yo no me voy sin mangos.

Miré a Alejandro como preguntándole: ¿En serio? ¿Gabriel va por los mangos? Pero él se sonrió encogiéndose de hombros. Y media hora después, cuando nos despedíamos, vi que el marido de Iris bañaba la yegua.

—¿La bañan diario? —le pregunté.

—Es que ejtá preñáa —me explicó ella.

Salimos en el jeep. Gabriel recogió la trampa. Sacó la única mariposa que había que había en ella. La soltó diciendo que era común, que ya la tenía. Y empezamos a desandar el camino hacia a San Alejandro. Pensé en el asunto de la yegua, en el hombre de los brakets, en el niño pelirrojo, en Picalúa, en Iris, en Pinto… Repasé las distancias y el calor. Me pregunté por la insistencia de los reclamantes. Pensé en mis hijos. En Simedejan.

Pasamos la noche en el mismo hotel, en la misma habitación y, al día siguiente, madrugamos a retomar las doble calzadas intermitentes, los huecos, las tractomulas, los buses, los camiones.

Mis queridas concuñadas, lo que varió en ese retorno no solo fue que Alejandro se sentó adelante, Gabriel encendió el aire acondicionado y tomamos la vía que pasa por Cisneros, no, había algo distinto a que ya se me había pasado el embeleco de ese proyecto en Cartagena; otra vez había corroborado que esta familia está hecha de una madera fuerte… guayacán puy, macana, tolúa, carreto, polvillo, gusanero, almanegra, higuerón, sancoaraño, culo de fierro, cañaguate, caracolí… son tantas las palabras que compilan el universo de lo que son ellos y que, de alguna manera, nosotras hemos compartido de oídas porque, cuando se vive tantos años con alguien, se contagia la forma de procesar el mundo… Y, claro, tampoco me amañaría con un hombre que se embadurne con bronceador y se pase el día chapuceando en cloro.

PS: Mis queridas concuñadas, ayer llamó Pinto. Dijo que en el pueblo los amenazaron, que les advirtieron que tienen que desocupar la finca en tres días. Ya se hizo la denuncia ante la inspección de policía de la Jagua y, tal vez, tengamos que contratar un abogado. Otra vez, ya saben… pero, bueno, espero que las fotos les sirva para imaginar cómo era Simedejan.

Julio 16 de 2021